miércoles, 18 de febrero de 2026

LOS PEORES INDICADORES SOCIOECONÓMICOS ESTÁN EN LA REGIÓN LEONESA



Nos han acostumbrado a la mansedumbre. A aceptar como fatalidad lo que es fruto de la incuria. A confundir resignación con sensatez. Zamora, Leon y Salamanca languidecen, se despueblan, envejecen, y mientras los partidos estatales (todos, sin excepción) comparecen en precampaña con esa sonrisa profesional del prestidigitador que, tras distraer nuestra mirada, nos roba la cartera y la esperanza.

PP y PSOE han gobernado alternativamente España y la Junta, se han intercambiado sillones, consejerías y ministerios, pero cuando uno repasa las cifras de despoblación, envejecimiento y nuestra renta per cápita menguante, descubre que, en lo que respecta a las tres provincias leonesas, su antagonismo es pura pantomima. La alternancia ha sido estética, y nuestro abandono, estructural.

Se nos integró en una autonomía birregional sin consulta y contra la propia Constitución. Se concentraron sedes e instituciones en Valladolid. Se consintió el cierre de infraestructuras clave. Se toleró el desmantelamiento ferroviario. Se dejaron morir comarcas enteras con la coartada burocrática de que “no son rentables”. Y mientras tanto Madrid nos contempla como una nota al pie en los presupuestos generales, y desde Valladolid se nos administra como quien gestiona una finca periférica de rendimiento decreciente.

Los zamoranos, salmantinos y leoneses (leoneses todos por raíz histórica e identidad compartida) hemos sido convertidos en figurantes de una comunidad que no vertebra, sino que diluye. Nos invocan en los discursos institucionales el día de Villalar, nos prometen planes estratégicos que jamás se cumplen, nos convocan a mesas de desarrollo que terminan siendo ejercicios de sedación colectiva. Y así pasan las décadas, y así mengua la sangre joven de nuestra tierra, y se agranda el silencio de nuestros pueblos.

La tragedia no es solo económica, es simbólica. Cuando un territorio pierde población, pierde también voz. Cuando se convierte en periferia estadística, también lo hace en pieza prescindible. Y los partidos estatales lo saben. Por eso sus listas electorales están diseñadas para obedecer consignas nacionales antes que para defender intereses locales. Por eso, cuando llega la hora decisiva, la disciplina de partido pesa más que la justicia territorial.

Frente a ese bipartidismo alternante (al que ahora se suman otras siglas de ámbito estatal con idéntica obediencia vertical) la opción regionalista es una necesidad política. Sólo quien tiene su razón de ser en la defensa específica de la Región Leonesa puede negociar sin complejos y exigir sin temor a represalias internas.

Aquí cobra sentido la Unión del Pueblo Leonés como herramienta institucional. Su propuesta de una comunidad autónoma propia para Salamanca, Zamora y León no es un arrebato sentimental, sino la consecuencia lógica ante un fracaso prolongado. Cuando un modelo territorial genera durante décadas los peores indicadores socioeconómicos del país para una parte concreta de su territorio, no estamos ante un accidente coyuntural, sino ante una estructura ineficaz.

La Autonomía Leonesa no es ruptura, sino restitución. No es aislamiento, sino autogobierno. Es gestionar nuestros recursos energéticos en beneficio de nuestras comarcas. Es acceder a fondos europeos con una clasificación estadística que refleje nuestra realidad y no quede diluida por medias artificialmente elevadas. Es repartir sedes institucionales entre las tres provincias, fortaleciendo Zamora, Salamanca y León en lugar de subordinarlas. Es, en definitiva, dejar de ser títeres cuyos hilos se mueven desde Madrid y Valladolid. Porque mientras dependamos de estructuras políticas cuya prioridad no somos nosotros, seguiremos siendo moneda de cambio en pactos ajenos.

Habrá (dentro y fuera) quien diga que votar regionalismo es fragmentar España. Es el mismo argumento que se ha usado para silenciar cualquier reivindicación periférica que no cuadre en el relato centralista. Pero defender la Región Leonesa no es quebrar nada, sino reclamar la plenitud de lo que somos. Es recordar que la dignidad política comienza por la proximidad entre el poder y el territorio que gobierna.

Durante demasiado tiempo hemos confiado en partidos estatales esperando que, esta vez sí, cumplieran. Y, como advirtió el sabio, la locura consiste en hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes. Si el modelo ha generado despoblación, envejecimiento y marginación institucional, insistir en él es prolongar el deterioro.

La única salida honesta es fortalecer opciones cuya existencia depende de nuestra tierra y de su prosperidad. Apostar por formaciones regionalistas leonesas es enviar el mensaje nítido de que ya no aceptamos ser comparsa, y que exigimos la Autonomía para la Región Leonesa para decidir sobre nuestro presente y nuestro futuro. No es nostalgia, es supervivencia. Es pan, escuelas abiertas, hospitales dotados, trenes que vuelvan a circular y de jóvenes que no tengan que marcharse.

Y esa decisión, como siempre, empieza en la urna.

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