José Ignacio Fernández del Castro
«Cien civilizaciones se hallan enterradas bajo esta tierra. De lo que fue vida, movimiento, agitación, amor, sólo subsiste la imagen en los relieves de los hipogeos...»Enrique Gómez Tible,
conocido como Enrique GÓMEZ CARRILLO
(Ciudad de Guatemala, Guatemala, 27 de febrero de 1873 – París, Francia,
29 de noviembre de 1927): La sonrisa de la esfinge (1913).
No pensemos que esto (y entiéndase por “esto” lo que se quiera relacionado con la vida humana) va a ser eterno. Nuestra civilización, como tantas anteriores que alcanzaron brillos supremos, acabará por desaparecer.
Así que de esta vida miserable y alienada para tanta gente (los más), de este movimiento continuo para no ir a parte alguna y perdernos nosotros mismos en tan absurdo tránsito, de esta agitación neurotizante que nos mantiene en vilo sin expectativa ni esperanza, de tantos espectros de un amor convertido en mercancía a mayor gloria (consumista) del, ya próximo, Día de los Enamorados, apenas quedará una imagen borrosa en las reliquias artísticas que fueran oropel en las mansiones de los poderosos (los menos). Porque bien sabemos que los efectos decorativos de los humildes son menguados y efímeros.
Dentro de unos cuantos siglos ya nadie, que no se dedique a la Historia o la Arqueología, se acordará de este oprobio globalizado, de esta fase terminal de un sistema centrado en la explotación y consumo de los recursos naturales y humanos. Pero seguirá habiendo Historia y Arqueología porque el ser humano es esencialmente histórico y no cobra su sentido completo más que como parte de una Humanidad: o sea, desde la referencia inexcusable a los vestigios y reliquias del pasado de la especie.
Así que, en ese futuro tan impreciso (en estos tiempos de trumpismo, supremacismo negacionista y revisionismo histórico) acaso la ciencia se asombre (y avergüence) de nuestros modos de vida (despilfarro de unas personas que miserabiliza a otras), de la tenaz explotación de unos seres humanos por otros, del irreflexivo desgarro del planeta que diezma sus recursos y crea abismos de pobreza entre sus habitantes... De nuestra incapacidad, en fin, para hacer lo justo a sabiendas. Y sería, ciertamente, un acto de justicia poética diacrónica.
Lamentablemente, en el plano sincrónico, no servirá ya de consuelo o compensación para cuantas personas padecen la violencia inhumana y la condena a la miseria en el presente.
DdA, XXII/6251

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