domingo, 18 de enero de 2026

QUE NO OS ENGAÑEN, LA DICTADURA FUE MALA, SOBRE TODO PARA LAS MUJERES



Paco Arenas

Hubo un tiempo en que los derechos de las mujeres se guardaban en una caja fuerte a nombre de otros: primero del padre, luego del marido. Ellas sólo tenían la llave… para limpiar el polvo. Para abrir una cuenta en el banco hacía falta una firma ajena; para sacar dinero, bendición masculina; para trabajar, permiso; para viajar, salvoconducto del marido. Si se salían del renglón, el Código Civil sacaba el látigo: el adulterio era delito sólo para ellas, porque «ellos tenían sus necesidades»; la custodia de los hijos, botín de guerra; el marido, «cabeza de familia» por decreto divino y BOE franquista.
En la foto del anuncio, el banco dice que «cree en los derechos de la mujer» y lo «demuestra». Cinco muchachas posan como si fueran libres: la oficinista con el teléfono y la libreta, la dependienta con el paquete de regalo, la que lleva la bolsa de la compra, la enfermera impecable, la abogada disfrazada de futuro. Pero si miras despacio, con los ojos de quien ha vivido, ves otra cosa: las correas invisibles que les sujetan los tobillos, la firma del marido flotando sobre sus cabezas como una aureola barata, el notario en miniatura escondido en el bolso, dando fe de que no darán un paso sin consentimiento viril.
En aquellos años, el franquismo practicaba patriarcado de saldo: bastaba una firma masculina para convertir a una adulta en menor de edad perpetua. Si una mujer se enamoraba fuera del matrimonio, no era pasión, era delito; si quería a sus hijos, tenía que pedirlos por favor; si pretendía manejar su propio dinero, el banco le sonreía mientras pensaba: «Que venga su señor esposo para autorizarla». La Sección Femenina enseñaba a cocinar, a coser y a tragarse las lágrimas sin manchar el delantal: el curso avanzado consistía en aprender a desaparecer sin hacer ruido.
Y, sin embargo, no desaparecieron. Aguantaron, empujaron, abrieron poco a poco la caja fuerte a golpe de coraje y mala leche. Por ellas, hoy muchas firman solas, viajan solas, deciden solas. Pero cada vez que alguien dice que «ya está todo conseguido», conviene mirar de nuevo la foto del anuncio y recordar que no hace tanto tiempo que una mujer necesitaba permiso hasta para tener un número de cuenta. Ahí, justo ahí, es donde empieza la memoria y se acaba la propaganda.
Por esas y otras razones, que no os engañen, que no nos engañen, aquello fue malo para todos, pero sobre todo para las mujeres.

DdA, XXII/6231

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