El próximo día 9, a las siete de la tarde, tendrá este Lazarillo el honor de presentar en la Biblioteca Pública de Zamora el nuevo libro de mi estimado Antonio Monterrubio, colaborador desde hace unos meses, entre otras publicaciones como El viejo Topo, Nueva Tribuna o El Cuaderno, de este modesto Diario del Aire. Se trata del cuarto libro de este profesor y ensayista sanabrés desde que llegó a lo que él llama frontera de la jubilación, y contiene un total de veinte artículos que el autor ha querido titular con el primero de los que aparecen en el índice, El Serano (CASTILLA EDICIONES), un sustantivo propio de algunas zonas de Asturias, Galicia, León y Zamora, aunque el diccionario de la RAE generalice su uso sin concreción geográfica como "tertulia nocturna que se celebra en los pueblos". Monterrubio ha pretendido con ello, según sus palabras, homenajear a su tierra natal, calcinada este año por los incendios forestales, como lo fue la región leonesa en su conjunto este verano y Zamora en concreto un verano más después de las tragedias de años precedentes en la Sierra de la Culebra y Losacio de Alba. "Ese atentado a su espléndida belleza actualizó en mi memoria la magia que viví en aquellos parajes en mi infancia y adolescencia", nos dice el autor. También quiere Antonio Monterrubio con el título homenajear a aquellas tertulias o asambleas convocadas a la caída de la tarde, que sazonaron su tiempo de niñez y mocedad, con el lenguaje como herramienta de creación, acción y entendimiento. Para el el escritor nacido en un aldea sanabresa, la comunicación directa, abierta y permanente es la base que sustenta las relaciones humanas más auténticas y que con los nuevos dispositivos de comunicación a distancia y en reclusión individual está cada vez en mayor declive. La comunicación de verse y sentirse próximos y presenciales, es válida para el amor y la amistad, pero también para la vida pública y colectiva. "Ser receptivo a concepciones y valoraciones ajenas no es simple cuestión de cortesía. Enriquecen tu reflexión y la ayudan a crecer. En el roce con los demás, vivos o muertos, antiguos o modernos, famosos o anónimos, nuestro pensamiento evoluciona, se afina y prolifera. Es de añorar el serano de otros tiempos ante el nivel abisal de las tertulias y debates hoy".
-El idioma universal de hoy no es el inglés, sino la neolengua, entiende Monterrubio. El único modo de pensamiento tolerado es el doblepensar orwelliano. La percepción y las sensaciones están embotadas, pervertidas. Más allá de ocultar la verdad, la finalidad es educar a la población en su superfluidad, acostumbrarla a su ausencia. A cambio, se le ofrece un nuevo entorno confortable y relajante. «No pienses, déjate llevar por la corriente», susurran las sirenas de la programación mental. Por doquier impera la simulación y, para mantener hinchada la burbuja, se echa mano de la más letal de las armas de destrucción intelectual: la simplificación. Habitamos un espacio binario, y no es debido al lenguaje cero-uno de los artilugios cibernéticos. Todo se presenta como pura dicotomía: blanco o negro, bueno o malo, nosotros o ellos. Lo falso, lo facticio, lo pseudo, amén de confundir nuestro ya debilitado sentido de la realidad, están destinados a eliminarlo, despojarnos de cualquier rastro de sistema inmunitario intelectual. El objetivo es que hablemos con la voz del amo, y el primer paso es que veamos el mundo a través de su mirada. Lo que se busca es abolir la mera tentación de pensar otras opciones, y no digamos de proclamar la urgencia de alternativas.
-En una entrevista publicada hace algunos días en Nueva Tribuna con motivo de tu nuevo libro afirmas, categóricamente, que la desfachatez es el motor del actual circo político-mediático.
-En esos dos campos, la egolatría inculta y vacía está consiguiendo una hegemonía casi incontestable gracias a que la violencia simbólica está de su parte. La defensa de la crítica y la disidencia se ha vuelto ineludible necesidad y esperanza frente al Nuevo Salvajismo auspiciado por un Tinglado cada vez más agresivo, soberbio y enloquecido. El hogar natural del combate de ideas es el ágora, no la palestra; el foro, no el anfiteatro. A la vulgaridad debe oponerse una ética, pero también una estética de la resistencia. El barro siempre favorece a las posiciones reaccionarias, justamente porque no son ideas: son guantes de boxeo. No hace falta echarle bilis al asunto, sino logos, repoblar de vida esa ágora que han convertido en un desierto.
-Y en ese circo político-mediático, es preocupante que haya ido prodigándose el discurso del odio, la xenofobía, el machismo, la aporofobia, el racismo, algo que de la ultraderecha y su entorno mediático ha llegado a calar en la derecha.
-Por razones electorales, la derecha conservadora tradicional precisa el apoyo del nacionalpopulismo. En el cuadro de Otto Dix Los siete pecados capitales, acabado tras la caída del Tercer Reich, se percibe algo de profundo comentario histórico en esa maligna coalición entre la codicia y el mal. Presentar a orcos y troles como si fueran elfos un poco quisquillosos es un error mayúsculo que abre el camino del Infierno. El nacionalpopulismo es el último avatar de un miedo al Otro que enmascara el pavor al futuro y a lo desconocido. Los flautistas de Dachau son muy conscientes de que quien se siente acosado se convierte con facilidad en un monstruo. El nihil obstat que los poderes mediáticos otorgan al rugido del mal posibilita que vaya arraigando, especialmente en las mentes más moldeables. Desde el instante en que es admitido, aceptado y aplaudido en esos foros masivos, puede hacerse pasar por un mensaje igual de respetable que cualquier otro.
Una retórica que busca despertar los demonios interiores del público a fin de ponerlos a su servicio esconde un inmoderado apetito de poder. Y en su celo por maximizar los beneficios que les reporta a ellos, sus próximos y quienes los respaldan, no le van a dejar ninguna oportunidad a la ética. Se trata de crear un desierto en el cual cuanto suena a intelectual sea automáticamente sospechoso. Justicia, verdad, razón o decencia se tornan palabras apolilladas, entradas perdidas en viejos diccionarios que nadie abre desde hace años. El reinado de los mediocres al servicio de la codicia solo es posible en un ambiente de pobreza espiritual, moral e incluso material.
-No puede faltar entre los ensayos de tu nuevo libro, sobre todo ante la actual situación geopolítica global, un artículo sobre la guerra, en uno de los primeros ensayos, Olvidar los tambores
En Las Troyanas, el lamento de los vencidos viene a recordarnos que los verdaderos vencedores son el sufrimiento, la muerte y la destrucción. Como ovejas llevadas al sacrificio por la traición de sus pastores, generaciones enteras han sido diezmadas por mezquinos intereses. Los más han sido inmolados en nombre de todos para beneficio exclusivo de los menos. A los muertos en combate y las víctimas civiles se añaden las existencias destrozadas, las mentes devastadas, el dolor por doquier. Y la sociedad, tras haber saludado a sus héroes, al día siguiente de la paz se olvida de ellos. Eso cuando no se dan, como después de una guerra civil, abismales diferencias de trato entre ganadores y perdedores. Aquí mismo conocimos durante décadas la distinción que separaba a los caballeros mutilados del bando franquista de los jodidos cojos o mancos rojos que lucharon en defensa del legítimo gobierno de la República.
-También la memoria ha ocupado tu atención en el capítulo correspondiente, Lugares de la memoria. Podría ocurrir que una sociedad sin capacidad o posibilidad de memoria democrática, perdiese su capacidad o posibilidad de vivir en democracia.
-La memoria juega un papel esencial en la vida individual, y debería hacerlo en la comunitaria y colectiva. Una sociedad amnésica está condenada al declive intelectual y a la decadencia ética. La razón por la que las fuerzas reaccionarias patrocinan la desmemoria histórica es también la de quienes obran en favor del olvido en la pareja o la familia: la culpabilidad. La obsesión de la derecha más ultramontana por retorcer el pasado a su gusto forma parte de la estrategia que busca borrar la diferencia entre el bien y el mal, lo moral y lo inmoral, lo justo y lo injusto, o incluso invertir sus significados. Y eso se aplica al pasado, al presente y al futuro. Lo que se pretende es enmarañar y confundir todos los valores. A ello se entregan con entusiasmo quienes manejan los medios de creación de relatos para consumo de masas, y no conocen límite ético alguno. El miedo de aquellos que se afanan en ocultar y subvertir lo que ocurrió en otro tiempo no es solo a que el foco recaiga en lo que hicieron sus ancestros y congéneres. Es ante todo pavor a que la luz sobre el pasado pueda alumbrar la nostalgia de un porvenir distinto al que nos preparan. Por eso continúan con su inveterada costumbre del golpe de Estado, ahora a la verdad.
En el segundo capítulo del libro abordas los mecanismos que propician la involución, entre los que la amnesia histórica, entiendo, puede ser una de las principales causas.
La Reacción política, periodística, social y económica siempre saca de su chistera estrategias de recambio. Y para distraer a una opinión pública adocenada por el espectáculo, ha encontrado un nuevo filón: las guerras culturales. El ruido y la furia evitan que la ciudadanía se fije en el evidente fracaso de la utopía neoliberal. La provisión cada vez más insuficiente en cantidad y calidad de servicios sociales sería electoralmente preocupante si no se consiguiera enmascararla. De modo que se convierten en temas de vida o muerte el feminismo devastador, la transexualidad borradora de identidades, las migraciones invasoras, el Gran Reemplazo, el buenismo de las ONG o la crisis de la nación y las conjuras de los rompepatrias de rigor. Cualquier excusa vale con tal de que no se hable de una catástrofe social prolongada que beneficia a unos pocos y hunde a los más, o de sus complicidades políticas y mediáticas. Hoy el pensamiento mainstream preconiza el conformismo, el dulce sueño de la existencia inexistente que entierra cualquier aspiración espiritual bajo los escombros de la banalidad cotidiana y la vulgaridad consumista. La repetición incesante de un discurso vacío y vaciante va apagando lentamente los circuitos neuronales. Tal estrategia persigue que la mayoría de los cerebros no alberguen más que neuronas espejo, o solo reflejen la imagen que interesa a quienes deciden. Los prisioneros del mito platónico en el Libro VII de La República han vuelto a la caverna, y motu proprio esta vez. En estos tiempos, es casi un acto heroico sostener que el sentido de la vida es su contenido, fruto de una conciencia libre y atenta. Esto es lo que somos, y no lo que comemos, ni mucho menos lo que consumimos. Llenar la vida de vida es labor harto difícil, si bien la única que merece la pena.
-El serano preconiza la vuelta a la modernidad
-La modernidad se mantiene joven, no porque crea que el futuro ha de ser mejor que el presente, sino porque cree que puede serlo. En su versión más auténtica no trata solo de revisar el pasado y su herencia; con mayor ahínco aún, escruta la actualidad y sus falsas innovaciones. El porvenir empieza cambiando, aunque sea mínimamente y poco a poco, el ahora. Esto lo saben muy bien los conservadores neoliberales que, en apenas unos lustros, sustituyeron el consenso socialdemócrata del estado de bienestar por la imposición de un malestar fluido aceptado como inevitable. Política de las mentalidades. La maquinaria de producción de realidad obra para beneficio de los menos. La nueva posmodernidad reaccionaria patrocina la idolatría de lo contemporáneo, sazonada con la añoranza de un pasado que nunca fue. Oponer a la seguridad de lo dado, convalidado, compulsado e integrado la incertidumbre de una forma de vida distinta, pero aún por construir, es una tarea inextinguible. Por eso la modernidad no puede morir. Renace cada vez que se cuestiona el mundo realmente existente. Por ella nos es dada la esperanza.
-En tus libros, al menos en los dos que yo he leído. se navega entre obras artísticas y literarias, la mitología, el cine, la historia, el psicoanálisis, la filosofía, las ciencias…No crees que la ciencia esté separada de las humanidades.
Las chispas que surgen de la fricción entre ideas y campos aparentemente alejados entre sí desencadenan desarrollos nuevos y permiten ver con mayor claridad la realidad. Y la magia del arte, de la poesía, pone orden en el sinsentido que nos rodea, crea cosmos donde había locura y caos. Permite atravesar las fronteras de la insignificancia. Es una protesta contra la fosilización del mundo y una apuesta por esa belleza que está en todas partes, hasta en lo inhabitable. La ciencia no es, al contrario de lo que se nos hace creer, un campo separado de las humanidades. No son esferas aisladas, independientes e incomunicadas, sino dos modos de un mismo saber, compatibles y complementarios, que deben marchar codo con codo. Más aún en estos tiempos donde el conocimiento y la razón son acosados por la ignorancia y la mentira. El humanismo sin ciencia puede acabar en la superstición, y la ciencia sin el humanismo corre el riesgo de caer en las garras del tecnototalitarismo. De hecho, la esencia de este libro cabe entera en las palabras que dan título a uno de sus capítulos: vindicación de lo humano. Todo El serano está enfocado, en último término, hacia los grandes ideales de la humanidad: verdad, belleza, bondad, sabiduría.
-En medio de una perspectiva como la que avistamos desde hace un tiempo, proclive a la distopía, crees que sigue habiendo lugar para la utopía. ¿Se han escapado demasiados males de la tinaja de Pandora como para que la utopía vuelva a ser posible?
Todos los males han vuelto a escaparse de la tinaja de Pandora, pero al igual que en la historia original, algo muy valioso ha quedado dentro: la esperanza. Tal y como está el patio, considerar que aún puede alimentarnos puede parecer una utopía cuando vemos crecer a nuestro alrededor los síntomas y signos de una grave distopía. Pero la utopía, al fin y al cabo, no es sino la convicción inquebrantable de que, aun si otro mundo no fuera posible, nada nos autoriza a renunciar a él. Aferrémonos pues, con toda nuestra inteligencia y toda nuestra voluntad, al bien más preciado que la humanidad atesora: el regalo de Pandora.
DdA, XXI/6220

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