Una verdad que pocos quiere oír hoy es que un programa radicalmente ultracapitalista como los que pretenden implementarse aquí o allá está rigurosamente reñido con la democracia, afirma el escritor zamorano. Hace tiempo que la palabra falsaria copa una importante cuota de mercado entre las herramientas destinadas al adocenamiento masivo. Falacias, mentiras y calumnias acaparan primeros planos y horas de emisión radiotelevisiva. Desde las teorías conspirativas más infantiles o paranoicas hasta la descarada manipulación de datos o la tergiversación de los hechos, no es que el peligro, como se dice a veces, venga solo de la desinformación. El problema es que la información ha pasado a ser de-formación y, en muchos casos, antiinformación. Con ella se extiende y viraliza, a velocidad de vértigo, la ignorancia. Todo, curiosamente, merced al concurso de artilugios y tecnologías de punta, fruto del ingenio humano más sofisticado. Si el ultracapitalismo se riñe con la democracia y utiliza la palabra falsaria para el cultivo de la ignorancia, el resultado es fácil de prever: se está más que re-asomando entre nosotros.
En el campo sociopolítico, la retórica imprudente lleva siglos siendo moneda de curso legal. Los delirios de grandeza, las bravatas carentes de sustento real, los compromisos incumplidos desde su misma formulación o las promesas hechas cruzando los dedos se han repetido ante audiencias sin o con derecho a voto. Declaraciones ampulosas acerca de la gloria y el honor han desembocado en catastróficas derrotas –o victorias– cimentadas sobre miles de cadáveres. Decisiones erróneas, mantenidas contra viento, marea y evidencias, han generado apocalipsis ecológicos que condujeron al colapso a civilizaciones enteras. Axiomas económicos absurdos trajeron la miseria y la hambruna a pueblos desdichados. Y ese circo de la palabra sigue vivo hoy. Lo hace incluso en boca de presuntos y bien pagados técnicos en las materias más diversas.
«Creo en Dios y creo en los mercados», pontificó, en los momentos próximos al cambio de milenio, Kenneth Lay, presidente de Enron, la megaempresa energética estadounidense. Tras poner una vela a Dios y otra al diablo, en la mejor tradición del ultracapitalismo beato, se atrevió a disfrazar al mismo Jesucristo de neoliberal a la moda afirmando enfáticamente que «Él quería que la gente pudiera escoger». A pesar de la falta de respaldo, tanto escriturario como patrístico, a sus dudosos dogmas de fe, se dedicó con evangélico empeño a consolidar su obra apostólica. Y la Providencia lo recompensó con creces. En el año 2000 su remuneración ascendió a 141’6 millones de dólares, un 184 % más que el anterior (Ramonet, Cao, Wozniak: Abecedario (subjetivo) de la globalización). Pero las burbujas tienen la fea costumbre de ser altamente sensibles al estallido. El 2 de diciembre de 2001 Enron, la mayor energética del mundo, se declaró en quiebra. ¿Qué podía haber salido mal? Bueno, no tardó en saberse –a destiempo– que la política económica de la empresa se había encaminado durante años a un único objetivo: el enriquecimiento obsceno. Todo, además, a base de trampas legales y en las narices de las agencias encargadas de velar por esa quimera conocida como buenas prácticas económicas.
Las palabras rimbombantes de los sacerdotes y monaguillos del Capital solo son imprudentes a oídos de quienes se dejan seducir por ellas, de quienes confían en la buena fe y la competencia de los potentados, sus mayordomos y sus sicarios. Ellos saben muy bien lo que dicen y por qué lo dicen. Y, sobre todo, están seguros de lo que quieren conseguir. En su día Chateaubriand, que no era precisamente un rojo irrecuperable, dijo: «Los suizos se enriquecieron con las desgracias de los demás, y con las calamidades humanas, fundaron una banca». No hay que ver aquí una simple definición de los paraísos fiscales donde se desvanece el dinero evadido, sino un conciso retrato del capitalismo depredador, globalitario o nacionalitario.
Milton Friedman, mentor y gurú de los tristemente célebres Chicago boys, llegó a Santiago en la primavera de 1975 llevando su mágica pócima neoliberal a la Junta militar que tenía al país bajo sus botas. En diversas intervenciones públicas, discursos, conferencias y entrevistas, habló repetidamente de un concepto de nuevo cuño para aplacar las crisis económicas. «Un tratamiento de choque es la única cura posible», afirmó una y otra vez, según recuerda Naomi Klein en su imprescindible La doctrina del shock. Cinco años más tarde, una revista tan seria y libre de toda sospecha como la Quaterly Economic Review diagnosticaba: «En Chile la economía de mercado va inextricablemente ligada a una política de campo de concentración».
Una verdad que pocos quieren oír hoy es que un programa radicalmente ultracapitalista como ese o los que pretenden implementarse aquí o allá está rigurosamente reñido con la democracia. Solo regímenes autocráticos, consentidos o no por la población, serían capaces de imponerlo en sus exigencias máximas. De ahí que en el lenguaje verbal y gestual circense que predomina en el discurso político, mediático e ideológico, el término imprudente ya no baste. Hace tiempo que la palabra falsaria copa una importante cuota de mercado entre las herramientas destinadas al adocenamiento masivo. Falacias, mentiras y calumnias acaparan primeros planos y horas de emisión radiotelevisiva. Desde las teorías conspirativas más infantiles o paranoicas hasta la descarada manipulación de datos o la tergiversación de los hechos, no es que el peligro, como se dice a veces, venga solo de la desinformación. El problema es que la información ha pasado a ser de-formación y, en muchos casos, antiinformación. Con ella se extiende y viraliza, a velocidad de vértigo, la ignorancia. Todo, curiosamente, merced al concurso de artilugios y tecnologías de punta, fruto del ingenio humano más sofisticado.
DdA, XXII/6225

No hay comentarios:
Publicar un comentario