viernes, 9 de enero de 2026

DE LA BANALIDAD DEL MAL A SU CELEBRACIÓN

 Son muchos, ciudadanos conocidos y anónimos, quienes andan estos días reubicándose en el mapa político que propone Donald Trump, escribe el columnista de CTXT en su último artículo. Ese en el que, entre un niño asesinado y un tanque israelí que dispara, uno empatiza con el tanque. Ayer justificaban que el terrible régimen de terror chavista siga en el poder porque al jefe Trump le conviene. Hoy justifican que un matón del ICE hiciera su trabajo asesinando a sangre fría a una rubia ciudadana norteamericana que protestaba desde su coche por la persecución contra sus vecinos de piel oscura. Hace meses dejaron de ver como enemigo a Putin al descubrir que era amigo de Trump y comenzaron a insultar al héroe Zelenski.



Gerardo Tecé

Con Trump te indignas por sus barbaridades, pero aprendes una barbaridad. Era la tarde del 3 de enero cuando el señor naranja nos dio a todos una lección magistral para comenzar el año y, quién sabe, la nueva era. Ya conocen los detalles. Horas antes, el presidente de EEUU había ordenado, como el que ordena unas pizzas, secuestrar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Una forma de libertad como otra cualquiera y ahora tocaba dar una rueda de prensa para regodearse ante los medios internacionales explicando que sheriff no hay más que uno y que tiene pelazo rubio. La derecha planetaria, especialmente la española –esa que le pone velas al franquismo mientras sufre por la falta de calidad democrática en un país muy concreto del planeta, y muy lleno de petróleo, llamado Venezuela– daba brincos de alegría. No era para menos, porque en el esquema mental de los Feijóo, Abascal o Ayuso, Trump era el primo de Zumosol que sabría lo que hay que hacer para defender los intereses de la gran familia derechista cuyos primos viven entre Caracas y Salamanca –barrio. Una familia que estaba a punto de quedarse con el culo al aire, y no los culpo. Nadie imaginábamos que Trump fuese a degollar políticamente en vivo y en directo a Corina Machado, la Ayuso del otro lado del charco, para apostar por la continuidad de un chavismo que ya sabe cómo se perfora un pozo petrolífero y se llena un barril.

De Trump aprendemos cada día y quizá el mayor de los aprendizajes haya sido este último. El que nos dice que el ultraderechismo es consecuencia del hijoputismo y no al revés. Es decir, que primero uno es mala persona, mentiroso, racista, machista y sin escrúpulos, y luego la gente tiende a pensar que uno se debe a la ultraderecha cuando no tiene por qué ser así. Trump odia a la golpista Corina Machado porque le dieron el Nobel de la Paz, pero adora al líder supremo de la comunista Corea del Norte porque le divierte que, cuando un ministro le decepciona, suelte una jauría de perros hambrientos. Puede que estemos ante categorías antiguas cuando hablamos de derecha e izquierda planetaria. Nos lo demuestra Trump apoyando a Delcy Rodríguez y cabreando al ultraderechista Aznar, que pidió un golpe de Estado hecho a su medida y le han mandado una batamanta para que se siente en el sofá y llore: no hay negocio para ti, Jose Mari, ándale, ándale. En realidad, las categorías de la era Trump son hoy diferentes. Por un lado están quienes no aceptan que la ley del más fuerte gobierne el mundo; por otro, las malas personas con poder dispuestas a intentar que así sea; y en último lugar, una legión de lamebotas, que es la categoría más preocupante, más patética y también más divertida.

En una entrevista a Corina Machado, la venezolana se ofrecía a regalarle su Premio Nobel al amo, a ver si así se le pasaba el enfado y la dejaba ser presidenta como ella había soñado. En un vídeo simpatiquísimo, el simpatiquísimo torero Francisco Rivera Ordóñez mostraba su agradecimiento a Donald Trump por haber secuestrado a un presidente y a un país entero robándole su petróleo y le pedía que se animase también con España. Patriotas se llaman. En un tuit, el prestigioso intelectual Marcos de Quinto echaba cuentas de cómo Trump podría ofrecerle un millón de euros a cada ciudadano de Groenlandia para así sobornar a toda una población y satisfacer las ansias imperialistas de Estados Unidos, pero también suyas porque la patria de un chupabotas siempre es, ante todo, el interés del poder. Son muchos, ciudadanos conocidos y anónimos, quienes andan estos días reubicándose en el mapa político que propone Donald Trump. Ese en el que, entre un niño asesinado y un tanque israelí que dispara, uno empatiza con el tanque. Ayer justificaban que el terrible régimen de terror chavista siga en el poder porque al jefe Trump le conviene. Hoy justifican que un matón del ICE hiciera su trabajo asesinando a sangre fría a una rubia ciudadana norteamericana que protestaba desde su coche por la persecución contra sus vecinos de piel oscura. Hace meses dejaron de ver como enemigo a Putin al descubrir que era amigo de Trump y comenzaron a insultar al héroe Zelenski. En un derroche de coherencia, un votante de Trump casado con una peruana detenida en Estados Unidos es noticia hoy porque el tipo defiende a su presidente. Vienen tiempos de horror, sin duda, pero también de echarse unas risas. Hannah Arendt escribió hace 60 años sobre la banalidad del mal sin imaginarse que hoy le tocaría escribir sobre la celebración del mal, incluso a costa de uno mismo.

CTXT DdA, XXII/6223

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