Raulito Torres/Aquí en La Habana
Esta isla que no cabe en la palabra “fracaso”.... Crónica desde el archipiélago cercado, donde la resistencia es un acto de amor y el talento, un testamento contra el olvido... Vigilia de Almas Sitiadas...
Allí donde el mar se convierte en muro invisible, donde las olas traen más promesas rotas que caracolas, se levanta una isla que el imperio insiste en llamar “país fallido” o estado fallido o....
Eso mismo...
Lo dicen en sus despachos alfombrados de gris, lo repiten en sus ruedas de prensa con la misma convicción con que se repite una mentira hasta que parezca verdad. Pero yo, que he recorrido medio mundo con los pies descalzos de quien busca la verdad bajo la piel de los números, pregunto: ¿Cómo puede ser fallido un país que siembra médicos donde otros siembran guerras, que exporta ingenieros en vez de bombas, que alfabetiza sueños en medio del asedio más largo que ha conocido la historia moderna?
Los profesionales cubanos regados por los cinco continentes no son fruto del fracaso: son la prueba viva de una Revolución que apostó por el ser humano cuando el capitalismo solo apostaba por el mercado. Si Cuba fuera un país fallido, no veríamos a nuestros médicos resucitando esperanzas en las selvas africanas, en las alturas andinas o en los suburbios olvidados de Europa. Somos hijos de una patria que, pese al bloqueo genocida de Estados Unidos, seguimos pariendo talento, dignidad y una alegría que hiere de tan auténtica.
El experimento que el imperio teme...
Pido, desde esta trinchera de tinta y poesía, que nos den un solo año sin bloqueo. Uno solo. Doce meses en los que el campesino cubano pueda mirar al horizonte sin la sombra de la sanción que le estrangula la semilla antes de nacer.
Un año en el que el científico tenga reactivos, el maestro pupitres nuevos,
el artista lienzos sin racionamiento. Entonces, y solo entonces, vendrán los incrédulos a comprobar lo que ya sabemos: que el socialismo cubano no es un barco a la deriva, sino un faro al que le han tapado la luz con escombros de embargo.
Quiten el bloqueo sin titubeos. Levántenlo con la misma urgencia con que se levanta a un niño caído. Verán entonces brotar una explosión de productividad y creatividad que dejará en ridículo décadas de narrativas imperiales. El campesino que hoy araña la tierra con uñas de resistencia, mañana la acariciará con manos de abundancia. Los profesionales que hoy emigran por asfixia económica, volverán o tenderán puentes de conocimiento sin necesidad de abandonar su tierra.
El llanto que lavará la historia
La alegría cubana, esa que sobrevive a apagones y carencias, se multiplicará como el pan de la solidaridad. “Contaminaremos al mundo con tan buena energía”, me dijo un anciano en el Malecón mientras el sol se derretía sobre La Habana, y sus palabras tenían la fuerza de un manifiesto poético. Porque cuando Cuba respire sin el torniquete del bloqueo, los visitantes no querrán marcharse. Descubrirán que el verdadero “fracaso” es haber permitido, durante más de sesenta años, un genocidio silencioso contra un pueblo humilde, trabajador y profundamente amante de la vida.
El mundo, presiento... apenas atinará a lavarse la cara con sus propias lágrimas. Lágrimas de vergüenza retrospectiva, de culpa colectiva, de asombro ante la resistencia de una isla que, pese a todo, nunca dejó de bailar, de educar, de curar. Porque no hay bloqueo que pueda cercar el alma, ni medida coercitiva que asfixie la ternura de un pueblo que hizo de la solidaridad su himno nacional.
Desde esta trinchera zurda que no se rinde, desde esta palabra que abraza la esperanza y este intento poético que se niega a claudicar, lanzo al mundo un desafío ético: levanten el bloqueo ya.
Sin condiciones, sin excusas geopolíticas, sin doble moral. Solo así sabrán lo que Cuba puede ser. Solo así entenderán que el único país fallido es aquel que condena al hambre a una nación entera por no arrodillarse ante sus designios.
Mañana, cuando la historia juzgue, los cubanos no seremos los acusados.
Seremos los testigos de cargo de una injusticia que el mundo pudo detener y no lo hizo. Pero aún estamos a tiempo de que el llanto no sea solo remordimiento,
sino el agua que limpie la conciencia de una humanidad que se dice civilizada.
Desde La Habana, con el corazón en carne viva y la convicción intacta, este trovador cronista deja constancia: Cuba no es un país fallido. Es un país milagroso. Y los milagros no se bloquean: se aplauden, se defienden, se aman....
DdA, XXII/6356

1 comentario:
El titular lo dice todo, de Estados Unidos y de Cuba, pero en el mundo se perpetran genocidios.
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