lunes, 16 de septiembre de 2019

LA FRONTERA ENTRE EL TERRITORIO OCUPADO Y EL TERRITORIO DESIERTO

Una mina en el paraíso y otras historias de La Raya

Estación de Hinojosa de Duero, inicio de la Ruta de los Contrabandistas.
En el año 2009, el profesor y escritor Luciano G. Egido publicó la novela Los túneles del paraíso (Tusquets). Cuando leí el libro yo no sabía prácticamente nada de la línea del ferrocarril que unía Salamanca con Oporto, una línea cuyas obras se iniciaron en 1881 y que llegó a la frontera con Portugal en 1887, muy poco tiempo si se tiene en cuenta que para el tramo final, el terrible descenso por el valle del río Águeda, se tuvieron que construir diecinueve puentes metálicos y veinte túneles. En su momento esta línea de tren representaba, como recogían los periódicos, la oportunidad para un «territorio de frontera», de romper «la brecha de su aislamiento y traspasar el umbral de la modernidad». Y se consiguió. No fue nada fácil, porque a los obreros que construían el ferrocarril les pasó de todo: riadas, epidemias, accidentes… Un buen número de muertos para que por fin «estas locomotoras arrastren las producciones de la agricultura y la industria hacia los mercados de Lisboa y Oporto y se establezca con aquellas dos poblaciones un comercio que aumente nuestra vida mercantil y nuestras relaciones, finalizado el camino que abriga la esperanza de reportar grandes beneficios a dos pueblos hermanos y facilite la prosperidad y el bienestar de las comarcas». Y sí, da gusto ver el optimismo que traía siempre la construcción de un ferrocarril. Pero por desgracia ese optimismo muchas veces era desmentido por la realidad. El tren llegó y pasó. Y murió sin pena ni gloria un frío enero de 1985, después de años de lenta e inexorable decadencia.
¿Y murió y punto final? No. Por suerte no. La línea de la Fregeneda es un muerto que se resiste, muy discretamente, a ser olvidado. Y que incluso pide, muy discretamente, porque aquí todo es así, sin estridencias, sin grandes golpes ruidosos, volver a la vida. Desde hace algunos años un puñado de vecinos está luchando para rescatar el ferrocarril. Empezaron por su cuenta, sin ningún apoyo oficial, e incluso con muchas reticencias por parte de la propietaria de la línea, entonces RENFE y ahora ADIF. Todo empezó a cambiar cuando todo el tramo, los setenta y ocho kilómetros de vía entre La Fregeneda y La Fuente de San Esteban, fue declarado Bien de Interés Cultural. Al mismo tiempo, los vecinos, que continúan con su lucha, han creado una asociación, y durante los últimos años se han dedicado, por su cuenta y riesgo, a limpiar y hacer transitable las vías. La idea, o una de las ideas, es hacer una especie de vía verde, sin quitar los carriles (que por cierto aún tienen las traviesas originales, lo que da una idea del poco mantenimiento que tuvo este ferrocarril), pero acondicionando los puentes y los túneles para que cualquiera pueda pasar por ellos sin peligro. Otros proyectos son un posible tren turístico, o colocar bicicletas sobre los raíles, como ya se ha hecho en otros sitios. Todo está abierto y la situación ha mejorado notablemente ahora que por fin la Diputación de Salamanca ha decidido intervenir y ha iniciado las obras de rehabilitación del tamo final, el que baja desde la meseta hasta las aguas del Duero, en pleno Parque Natural de los Arribes.
Si alguien se toma la molestia de conducir hasta allí, si alguien se toma la molestia de llegar hasta el punto donde el río Águeda se une al Duero, descubrirá una frontera que no existe, o que solo existe en los mapas, que desde luego no existe para el halcón que vuela de un lado a otro del río, una frontera desierta, donde un moderno puente de carretera nos permite pasar a lo que parece ser otro país. Aunque uno sospecha de inmediato que eso no es cierto, o es cierto solo en los mapas, y nos permite ver un valle tan hermoso como perdido, un valle que es exactamente igual al valle por el que hemos bajado, después de curvas y curvas, hasta el fondo de ese gran cicatriz en la dura meseta que divide dos países, aunque nunca dividió a los habitantes de los pueblos de la zona, de uno y otro lado de La Raya.
Puente internacional.
«Siempre hemos pasado por el puente, cuando estaba mal también pasábamos», me dice un vecino de Boada. Mientras tomo el café en el bar del pueblo, el que supongo que será el único bar del pueblo, me explica cómo llegar a la estación de la Fregeneda y me cuenta que cuando pasaban los túneles sus pies se hundían en un suelo blando y resbaladizo que no era más que una gran capa de mierda de murciélago. El puente al que se refiere, el puente internacional del ferrocarril, no es ninguna tontería. Como para pasarlo de noche y en mal estado… Si te caes al río lo tienes francamente muy mal. Pero aquí la frontera nunca ha sido una frontera, y por eso tenemos la Ruta de los Contrabandistas, que es un complemente perfecto para una excursión por la vieja vía de tren.
¿Y ya tenemos el final feliz? Pues no. Aún no lo tenemos. En Vitigundino, capital comarcal, me cuenta la dueña del hostal que «antes éramos tres mil quinientos vecinos, pero ahora somos dos mil quinientos». Si la capital comarcal pierde vecinos, ¿qué pasará en los pueblos más pequeños? La respuesta es muy evidente, y lo que pasa aquí no es nada que no pase en Soria, en Teruel o en el interior de Castellón. Pero aquí tienen ahora una esperanza de futuro, o eso es lo que piensan algunos, mientras otros les dicen que no, que ese no es el futuro que debería ser, el futuro que es el futuro bueno para ellos. En realidad, pienso yo, tienen dos esperanzas de futuro, pero las dos son totalmente incompatibles, me temo.
Por un lado, la mina, una enorme mina de uranio, la que según cuentan sería la explotación minera a cielo abierto más grande de Europa de ese tipo, y repito, estamos hablando de uranio, que no es ninguna tontería. Por otro lado los arribes del Duero, el Parque Natural, la «vía verde» o la «FerroNatura: Vía Natural de la línea férrea de frontera hispano-portuguesa», a lo que se suma el balneario de Retortillo (curiosamente muy cerca de la futura mina), además de tener cerca una ciudad tan turística como Ciudad Rodrigo, y todo un patrimonio natural (la dehesa y los bosques caducifolios) y artístico-histórico muy poco explotado todavía (y que conste que el verbo «explotar» hay que juntarlo con mucho cuidado con el sustantivo «turismo», porque la cosa se nos puede ir de las manos y acabar fatal). En fin, turismo ecológico, turismo natural, turismo sostenible… Da igual cómo lo llamemos, la cuestión es que llegue gente y se quede una noche o dos, o tres o cuatro, y mantengan abiertos los bares, los hostales, las gasolineras, las tiendas, etc. etc. Eso o que la mina dé trabajo, como piden algunos, como esperan algunos. ¿Y cómo están los vecinos? Divididos, como no podía ser de otro modo. Veo muchos carteles y pintadas. Mina no. Mina no. De repente, encuentro un Mina sí. Pero sé que hay más. En la empresa minera están haciendo un gran esfuerzo de propaganda, lo cual es lógico, y si te metes en internet verás que lo mismo se convocan actos en contra de la mina como actos en apoyo de la mina. Y todo eso mientras el larguísimo proceso burocrático y judicial sigue su curso. Se pensaba abrir la mina en el 2018. Pero a día de hoy no se sabe si se abrirá o cuándo se abrirá.
Pintada contra la mina en la estación de Bogajo.
Repetimos, es una mina de uranio, no es ninguna tontería. Y es una mina a cielo abierto, que tiene que arrasar un bosque entero. Y sí, luego, nos dicen, se puede volver a plantar, luego se puede repoblar y volver a tratar de dejar la naturaleza como estaba antes; y digo «tratar de dejar» porque los robles centenarios, las encinas centenarias que se arranquen no se recuperaran nunca. Esta zona, toda la frontera con Portugal, desde Zamora hasta Cáceres, ya sea por su aislamiento o por otras causas, está muy bien conservada. Ecológicamente hablando, paisajísticamente hablando, es una maravilla. Aquí la tierra es muy dura, estamos en la España silícea, la de el granito y la pizarra, y la ganadería ha sido durante muchos siglos la única actividad posible. El cambio es visible cuando, por ejemplo, se viene por la autovía que comunica Salamanca con Portugal, y de repente los enormes y llanos campos de cereal desaparecen y el terreno se vuelve ondulante y verde, con bosques y dehesas, y a veces prados y zonas de matorral espeso, y muy pocos pueblos y riachuelos inesperados que obligan a la carretera a trazar curvas sinuosas.
Y mientras, como pasa siempre que se entra en las comarcas perdidas, en los huecos del mapa, uno va comprendiendo que aquí los kilómetros se pueden alargar y alargar y hacerse interminables, y se descubre de pronto, por una repentina intuición, que la frontera es esta, la frontera es el desvío de la autovía, la frontera es dejar de ver el amplio horizonte, los lejanos montes azulados, y perderse en lo inmediato, en la colina que tenemos delante, en lo que habrá detrás de la próxima curva. La frontera de verdad no es la frontera de ese río que no divide nada más que un pedazo de papel. La frontera es la frontera entre el campo y la ciudad. Entre Salamanca y lo que queda muy lejos de Salamanca. O entre Oporto y lo que queda muy lejos de Oporto, muy lejos del mar, muy lejos de la llanura. Los ingenieros que construían el ferrocarril de la Fregeneda quería eliminar una frontera con un puente, pero la frontera continua, porque la frontera es la frontera entre el territorio ocupado y el territorio desierto, entre el territorio que recibe toda la atención y todos los recursos, y el territorio que solo sale en la tele muy de vez en cuando, y casi siempre para quejarse de la falta de atención y la falta de recursos.
Todos los palacios tienen su sala de calderas y su desván, su basurero, sus sótanos. El capitalismo puede ser un trasatlántico muy lujoso, donde hay grandes banquetes y la orquesta no para de tocar, pero en otra parte del barco alguien trabaja en una ruidosa y sucia sala de máquinas. ¿Va a ser el campo nuestra sala de máquinas? ¿Nuestro desván? Todo lo que no nos gusta, las cárceles, los vertederos, los cementerios de residuos radioactivos, todo lo que hace falta para que la máquina no se pare, las centrales térmicas y nucleares, las minas, todo eso va al campo, a la parte trasera, a lo que no se enseña a las visitas y a los clientes, a los lujosos huéspedes de los camarotes de primera. ¿Es esto lo único que hay? ¿Tenemos alternativas? Miro la prensa. Como ahora se ha producido una gran manifestación en Madrid parece que se habla de ello. «Aquí viven dieciséis vecinos», leo en un titular. Pues eso es hoy. Mañana puede que sean quince. Y pasado mañana puede que sean catorce. Los dieciséis vecinos del titular son ancianos. Son los que nos cuidan la naturaleza. Nuestra naturaleza. Eso lo olvidamos siempre.

                 DdA, XV/4278               

1 comentario:

ALFONSO VILA FRANCÉS dijo...

¡Gracias por compartir mi artículo!
Un saludo.

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