sábado, 27 de octubre de 2018

ESPAÑA COMO ANOMALÍA INTERNACIONAL


Jaime Richart

Prescindiendo de la fenomenología del desvalijamiento por los políticos, de las arcas públi­cas desde que se instauró una pretendida democracia, y dejando a un lado también la especifidad de que España debe ser, aunque no hay estadísti­cas al respecto, el país del mundo y de Europa donde más leyes se promulgan, más se cambian y más se in­cumplen, España es, sin duda, una anomalía sociológica de Occidente. En realidad siempre lo ha sido...

Lo de que Europa termina en los Pirineos y otras perlas acerca del papel de España en el concierto de las naciones eu­ropeas tiene su fundamento. Aunque  más o menos cons­ciente o subconsciente­mente España ha mirado y admirado a algunos países europeos y sus dirigen­tes más civilizados han deseado ponerse a la altura de los países de la Europa Vieja, hay demasiada distancia en sensibilidad y en inteligen­cia colectiva frenadas por el protago­nismo reli­gioso y por su influencia en la política desde siempre como para compa­rarse con cualquiera de aquellos...

Es cierto que quizá como en ningún otro, brillan en Es­paña las inteligencias individuales. Pero la suma de inteli­gencias resultante de su historia es ordinariamente corta, pa­cata, ab­surda y lamentable. La envidia, el pecado capital del español, complementa las causas del cuadro que marca la enorme diferencia en tolerancia y en capacidad organiza­tiva de la sociedad española comparadas con las demás so­ciedades europeas, aparte la problemática más o menos lar­vada en los recovecos de este país considerado como un conjunto de territo­rios adosados más o menos a la fuerza.

Por otra parte, hay un hecho constante que se hace ley. Los individuos no contaminados por la religión han de ce­der por lo general ante los amigables de la religión que, por cierto, en la mayoría de casos ni practican. El caso es que Es­paña nunca  deja de vivir una suce­sión de luchas intesti­nas; unas abiertas y armadas y otras más o menos soterra­das por la causa religiosa y la territorial.

En España todo es cuanto menos curioso. Por ejemplo, la prudencia, la paciencia, la discre­ción y la moderación de las clases media y trabajadora, viviendo siempre con la precarie­dad que no viven las clases altas, la realeza, etc, no son consideradas por las clases dominantes, por el  empresa­riado, por la banca, por el poder financiero y por el poder reli­gioso como un deseo y una oferta de convivencia en armonía sino como debilidades propicias para engrosar sus beneficios. Es más, esas clases, que muchos ya identifi­can con la ideología franquista y fascista revividas, actúan de ordinario como el depredador que no devora de una vez la presa, sino que la esconde para ir consumiéndola poco a poco...

Entiendo que todos los pueblos y todos los países tienen sus características, sus rasgos, su carácter y su idiosincrasia, que es el conjunto de ideas, comportamientos, actitudes, etc., propios de un individuo, de un grupo o de un colec­tivo humano, generalmente para con otro grupo humano. Entiendo también que todas las naciones tienen su talón de Aquiles, sus rarezas, sus particularidades derivadas de cos­tumbres, cultura, orografía y clima. Y entiendo también, que si hay mucha similitud de un territorio con otro y am­bos son fronteri­zos, la tendencia es fusionarse, pero que si no sólo no hay similitud suficiente sino además media envi­dia y hostilidad, la tendencia es separarse: lo que su­cede con territorios del norte de España cuya población tiene rasgos más en común con los países de la Europa Vieja que afinidades con el resto de los pueblos de España.

En todo caso, desde que España es lo que es, es decir, un conjunto de territorios colindan­tes unidos en general por la fuerza del poder político respaldado por las armas de polic­ías y ejército, los pensadores de habla castellana que empeza­ron a despertar al pensamiento libre detectaron ense­guida a España como una anomalía... Los ilustrados, salvo cuando evolucionaron hacia el liberalismo a finales del siglo XVIII, no aspiraban a modificar sustan­cialmente el orden político y social. Lo que pretendían era introducir re­formas que fomentasen lo que denominaron pública felici­dad, y para ello deseaban involucrar a los grupos privilegia­dos en su materialización. Pero los ilustrados de más adelante cambia­ron. Jovellanos, Pio Baroja, Unamuno, Valle Inclán, Ortega y Gasset, etc “empezaron” a localizar el foco de los problemas internos en una excesiva y tensa di­versidad de sensibilida­des que el poder político, como en los Balcanes de Tito, se ha empeñado siem­pre en ensamblar o aglutinar manu militari...

Hasta 1978 todo podría explicarse, aunque haya otros facto­res, por el peso específico de la Iglesia católica llevada a los cuarteles prácticamente hasta hoy. Pero sus cadenas, converti­das ahora en un invisible y sutil hilo de acero, si­guen atenazando en este país idiodin­crasias y sensibilida­des heterogéneas tan inmixtificables como el agua y el aceite. Pues las ideas, las nacionalcatolicistas, que siguen en el mismo epicentro, no sólo no se han ido debilitando en el decurso de esto que algunos llaman democracia, es que sus valedores tanto políticos como religiosos, que las vinieron salvaguardando desde el comienzo de la farsa, al verlas peli­grar redoblan escandalosamente ahora sus esfuerzos, las exaltan y las refuerzan frente a los nacionalismos de la pe­riferia, hartos de sus abusos. Así ocurre que desde el Se­nado, delegaciones de gobierno y diputaciones, hasta la Justi­cia nuclear situada en el Tribunal Constitucional, Au­diencia Nacional y Tribunales Superiores de las Autonom­ías, pese al desmarcado o enemiga de numerosos jueces dis­conformes, se despa­rrama la virulencia del nacionalcatoli­cismo y de la unidad patria sin concesiones a nin­guna otra fórmula política, y es remachada por los ideólo­gos ultraconservadores con la amenaza de las pala­bras, de la bandera y de los hechos consumados. Así es cómo mantie­nen  tanta fuerza viva aunque no esté toda re­presentada en el Parlamento. Por eso es práctica­mente impo­sible pensar por ahora en una España sana y resurgida de tanta podredum­bre, de tantos delitos expoliadores y de atentados a los principios democráti­cos...

Hay otra anomalía en España, en fin, que debemos desta­car porque tampoco es frecuente en los países avanzados eu­ropeos: el modo de tratar e interpretar el patriotismo. La prueba de fuego concluyente del patriotismo es la fiscali­dad. Pues bien, en España, precisamente los que más alar­dean de patriotismo y lo  emplean como arma arrojadiza en todas partes, son los que se enriquecen burlando al Fisco y evadiendo capitales. Y por su parte los magistra­dos que les juzgan suelen ser malos patriotas que lo hacen ordinaria­mente con benevolencia vergonzosa y manifiesta...

DdA, XV/3994

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