miércoles, 22 de agosto de 2018

APOLOGÍA DE LA DUDA: LA INTELIGENCIA EMPIEZA DUDANDO


Jaime Richart

En tiempos en que el dogma religioso ha sido desplazado por dogmas civiles, políticos, científicos, informáticos y mediáticos es muy arriesgado e impopular hacer apología de la duda. No importa. Si nos reconocemos la libertad de expresión y hasta de extravagancia, no creo que elogiar ahora yo aquí la duda sea para tanto. 
De todos modos he pasado buena parte de mi vida corriendo riesgos, y por otra parte el crítico de hoy día no sólo no es peligroso, es que suele ser un sujeto poco solvente pues carece de criterio y escribe por encargo sin saberlo. Y por si fuera poco tengo además espíritu renacentista, ese que te per¬mite tanto abalanzarte sobre el teclado para dar forma a la idea sur¬gida la noche anterior o para componer un soneto, como tirar de espada aceptando un desafío... Así es que a pesar de encontrarme situado vitalmente en medio de unas generaciones que exigen y se exigen, para todo, toda clase de certezas, no tengo inconveniente en alabar la duda cuando no hay hueco para ella, cuando todo está invadido por la rotundidad y cuando titubear se toma por debilidad.
 ¡Pobre de quien diga en voz alta que no tiene las cosas claras!, se habrá condenado al ridículo más espantoso. Y lo gracioso es que todo esto sucede precisamente cuando más consciencia hay de estar sometidos a toda clase de mentiras, de tergiversaciones, de manipulaciones y de mareos en todos los ámbitos de la vida pública y de la mediática. Decimos tenerlo todo muy claro, sabiendo que nos engañan hasta en los más míni-mos detalles. Y no sólo que nos engañan y que nos dejamos engañar, es que seguimos discutiendo sobre lo pensado y dicho por otros como si pensásemos por nuestra cuenta. No hay más que ver la cantidad de noticias sobre hechos delictivos con todo lujo de detalles, circunstancias y autores de los mismos imputa-dos rápidamente por medios y policías, sabiendo como sabemos lo poco científicas que son las polícías de este país y el ansia y la precipitación de que adolecen los medios. 
Y sin embargo al lector o al televidente les cuesta mucho poner en tela de juicio que todo haya podido ser fruto de una maquinación. Y es que a pesar de llevar más de un cuarto de siglo de una du-dosa democracia y de oír a todas horas que en nuestro país reina la libertad, aquella recordada exigencia de responder a todo de acuerdo al "sí o no como Cristo nos enseña" del catecismo de Ripalda o el de Astete, ha dejado suficiente huella en los espíri-tus como para problematizar considerablemente el libre pensa-miento y de paso la duda. Pero también el endiosamiento de la tecnología, la revolución cibernética y la adoración a la Ciencia son enemigos de ambos; aunque también probablemente la causa final de nuestra destrucción y la del planeta. Ese: “no pasa nada” está mucho más relacionado con la indolencia y con la despreocupación por el futuro de las siguientes generaciones, con el negarse a ponerlo en duda, que con la confianza natural que, tal como están las cosas, parece una insensatez...
 En la vida práctica y cotidiana es incuestionable que no pode-mos permitirnos el lujo de dudar. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos nos vemos impelidos a elegir y hay muy poco margen para ella. Pero en ese trance es el instinto el que decide, no el intelecto propiamente dicho. Es más, en el bre¬gar diario tan perturbadora puede ser la indecisión como la precipi-tación. Pero en los procesos mentales discursivos no sometidos a la perentoriedad, lejos de lo que dicen algunos la duda no es debilidad. 
Dudar robustece el intelecto. La duda es una técnica. Para Descartes, es "método" de conocimiento y antesala de la verdad. Poner “eso” en duda, examinarlo detenidamente, meditarlo y luego, muy al final, pronunciarse, es el camino más seguro de alcanzar algo de verdad o de aproximarnos a ella. Pero ¿quién pierde hoy el tiempo en ese proceso neuronal cuando, aunque para reflexionar dispongamos de mucho tiempo unas veces medido en décimas, otras en días, otras en años todo está calculado en nanosegundos? No cabe la duda, pero, por lo mismo, tampoco ha lugar a la reflexión. Y sin embargo, el proceso mental de pensar sigue siendo imprescindible, vital. Sin él no hay garantía alguna de acierto ni de posible verdadad aunque sólo sea útil. En la propia es¬fera política, a la víspera de las elecciones se le llama "jornada de reflexión". (Por cierto en esta cuestión, creo que, sólo en la medida en que se incremente el número de indecisos en detri-mento de los adeptos, la democracia madurará). Y no es que no haya reflexión. Claro que la hay. Pero está reducida, recluída en unos escasos focos de actividad mental. Y mientras el pueblo se dedica a cualquier cosa menos a pensar por sí mismo, laboratorios, equipos enteros y personas concretas especializadas en eso, en pensar por todos, despliegan técnicas y argucias para lograr los objetivos de otros cuantos. Piensan y preparan el terreno a ejecutivos y dirigentes, sea en lo comercial o en lo bursátil, en la política o en cómo hacer la guerra. Los demás no estamos muy dispuestos a molestarnos en pensar. No nos dejan pensar. Y si lo hacemos, será a base de un esfuerzo sobrehumano para desmantelar la fuerza de las consignas que aquellos pocos han difundido en el magma social o para contrarrestar la carga que lleva el número que en la democracia lo es todo: el número de votantes, el número de consumidores o el número de televidentes es lo que importa. Lo demás no cuenta. 
El número decide qué es bueno y qué malo, qué es verdad y qué es falso, qué vale la pena ver, leer u oir y qué debe despreciarse o ignorarse. La falta de audiencia se carga un “buen” programa de televisión, y gracias a la audiencia se perpetúa la basura que se alimenta de sí misma y alimenta a la cadena. Y el número lo "deciden" esos que en la sombra se afanan en reflexionar... para que otros triunfen. Hoy día, cuando tanto se alardea de libertad, nunca fue tanta la pericia de esos que, como el cocodrilo, hábil imitador del llanto de un niño para atraer a su presa, nos embaucan para vendernos tantas cosas materiales e inmateriales, servicios e ideas. Hoy no hay propiamente compradores. La voluntad del ciudadano como comprador no existe. Sólo existe la voluntad vendedora. De eso se han encargado mucho antes gentes que han estudiado y se entrenan para ello. En esto consiste la democracia. Nos quedamos con un piso por las bonitas vistas desde la sala principal que nos enseñan, sin haber visto qué pasa en las otras eventuales orientaciones. Y es porque por pereza mental y física, nos da igual que en una no haya ventilación, en la otra sólo haya un cuarto oscuro y la tercera dé a un estercolero. Nos basta la fachada en todo: mirar sólo por una de las vertientes o aspectos de cada asunto nos evita el "desagrado" de la duda... Y sin embargo, si se mira un poco mejor la cosa, tampoco el número de argumentos prueba nada. Basta uno solo para desvencijar a otros diez. Como basta uno solo para demostrar que un dirigente político es realmente un criminal frente a la honestidad de una docena de los suyos para justificar sus crímenes, o el único de Galileo cuando afirmó que la Tierra es esférica frente al centenar de argumentos tolomaicos y teológicos de los inquisidores que la afirmaban plana. 
 Pienso que la disposición a dudar nos permite comprender mejor al otro, y que en la medida que dudemos y aprendamos a incorporar la duda a nuestro discernimiento, iremos caminando en dirección de la comprensión de los motivos del otro; lo que se traduce en cultivo de la concordia, en el acercamiento de los seres humanos entre sí y en la superación de la incompresión. Una incomprensión, que siempre ha estado atizada, antes por los dogmas de religiones pervertidas por los que trafican con ellas, y ahora, por la infamia de las neoideologías y por esos "cerebros" y "asesores de imagen" cuyos propósitos, bien estudiados, van mucho más allá de la estética personal del dirigente. Cerebros cuya finalidad es adueñarse del nuestro, de nuestra conciencia y de nuestra mentalidad sin descuidar transmitirnos la sensación permanente de que somos libres. Y una vez adueñados de nuestra conciencia, ya pueden expoliar más fácilmente lo público. 
En suma, tener que decidirse al final por un sí o por un no en circunstancias no extremas o perentorias, en situaciones que por sí mismas y su propia naturaleza demandan reflexión es lo que demanda la cultura de la duda. Dudar es sabio y una actividad mental que por sí misma implica por sí misma un talante conciliador. Yo desde luego, no me fío ni un pelo de quien dice o finge te-nerlo todo muy claro. Sólo me inspiran confianza el abogado, el médico, el comerciante, el electricista, el informático, el jardinero, el científico, el psiquiatra y el político que expresan discreta o abiertamente sus dudas antes de responder a las mías para ponerse luego a la tarea de despejarlas... Pero rara vez los encuentro. 

DdA, XIV/3932

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