lunes, 23 de abril de 2018

HISTORIA DE LA ESTRELLA DE GIJÓN


Hernán Piniella

Empresa pionera establecida en 1893, en términos de Santolaya en el Natahoyo de Gijón, en las faldas del desaparecido monte Coroña, fruto de la inquietud de un joven Maestro cervecero de origen alemán, Don Carlos Ernesto Bachmaier Diers, y el inquieto arquitecto local Don Antonio Suardíaz, con el apoyo de capitalistas tan importantes en aquel Gijón como Don Florencio Rodríguez.
Sobre una parcela de hectárea y media abundante, se levantaron unos vistosos edificios industriales que presidirían la vida de aquel Natahoyo pujante, hasta su cierre en 1974. Las instalaciones dirigidas hábilmente por Don Carlos Ernesto Bachmaier, dieron pronto fruto con unas cervezas excepcionales, de la clase Bock y doble Bock, para paladares exigentes y nada timoratos, de fuerte gradación y potente sabor a cerveza alemana.
También se elaboraba una cerveza de mesa con una gradación inferior al 1.5% ideal para señoras e incluso niños, a día de hoy en países de América como Colombia, Venezuela y otros, es costumbre que los niños en lugar de los perniciosos refrescos alivien su secañu ingiriendo malta.
En los tiempos iniciales de la fábrica de La Estrella la empresa enviaba gratuitamente al Hospital de Caridad, ubicado entonces en el muro, o paseo Pidal de la playa de San Lorenzo toda la cerveza de mesa que solicitaran, ya que el agua potable de Gijón era tan mala y tan escasa, que a los enfermos allí postrados con las comidas les daban a elegir entre vino o cerveza de la Estrella de Gijón.
Luego con el paso de los tiempos y los cambios de gustos derivados de la inmensa oferta comercial, la fábrica de Santolaya se adaptó admirablemente bien y elaboró cervezas rubias y otras a gusto de los nuevos consumidores.
La fábrica contaba con dos plantas bajo la superficie del enorme edificio principal, lugar donde se dejaba reposar la cerveza en 36 enormes cubas de fermentación.
También se procedía allí al tueste de la cebada y al almacenaje de lúpulo, para no castigar las espaldas ni los brazos de nadie, contaba la empresa con dos innovadores ascensores industriales que movían los grandes pesos de un piso a otro, lo cual facilitaba el enorme trasiego laboral de los más de 60 obreros que allí trabajaban a principios de siglo XX, cuando esta fábrica elaboraba unos 4.000.000 de litros de espumosa cerveza alemana. Había dos enormes máquinas de vapor que sumaban 100 caballos de potencia para alimentar toda la maquinaria industrial traída de Alemania, mientras otras dos de menor caballaje, se ocupaban del desempeño fructífero de su propia planta de hielo, merced al uso del peligroso gas NH3, (amoniaco).
Aparte otra máquina de vapor más pequeña de solo 20 caballos de vapor, producía la energía eléctrica necesaria para todas las instalaciones y zonas colindantes del Natahoyo, donde vivían algunos de los Bachmaier, en concreto aún en el actual Camino del Lucero puede admirarse si bien reducido de su tamaño original un bello espacio ajardinado en la vivienda que fue de Don José Luís Bachmaier, con intereses en la Sociedad Española de Oxigeno, creada en Gijón hacia 1919, y que abastecía de gases industriales como el acetileno y el oxígeno, a los astilleros e industrias de la provincia y de oxígeno medicinal a las instalaciones hospitalarias, merced a su exito tendrían fabrica también en Vigo y otras ciudades españolas.
El Jardín aun cuenta con vistosas Palmeras, Castaños de indias, un hermoso ejemplar de Tilo americano y en su día tuvo un artístico cierre de hierro forjado y lloreu, todo ello engalanaba la casa de habitación de Doña Maria Luisa y su esposo Don José Luis Bachmaier.
El director de la fábrica de La Estrella, Don Carlos Ernesto Bachmaier Diers, casó dos veces aquí en Gijón, primeramente con Doña Joaquina González con quien tendría a su primogénito Don Carlos Ernesto Bachmaier González y posteriormente se casaría con Doña María Valdés Cuesta, con quien tendría a su segundo hijo al que pondría también por nombre Ernesto y que como Don Ernesto Bachmaier Valdés, natural de Gijón, lo halló la muerte un día perverso, defendiendo la bandera de España en una posición avanzada del Monte Arruit en 1921, en una de las tantas campañas de Marruecos y que tanto desangró la juventud ardiente de este país, tenía solo 25 años.
Fuera por este hecho, fuera porque amaba esta tierra, Don Carlos Ernesto, se nacionalizó español en 1925, cuando ya tenía severas discrepancias con su hijo mayor que había sido enviado a estudiar ingeniería cervecera a la tierra originaria familiar, allá en Alemania, de donde no regresó por esa diferencia en la manera de gestionar la fábrica de cervezas, eran de dos generaciones que veían el futuro de distinta manera.
La fábrica siguió su infatigable labor y fue sustento de muchas familias de Gijón a lo largo de más de ochenta años de labor, se cree que en ella trabajó un hermano de Don Carlos Ernesto, de nombre Don Juan, sobremanera en los primeros años en que los domingos en los terrenos colindantes y que luego serían el campo de futbol del Natahoyo Club de Futbol, se efectuaban unas romerías importantes, donde la empresa dotaba de música y cerveza a los concurrentes. La colaboración irrestricta de esta empresa para con Gijón se canalizaba a través de donaciones cuantiosas a cuanta sociedad benéfica lo demandase y en ese entonces esa contingencia era el pan amargo de cada día.
Don Carlos Ernesto expiraría en su casona de Somió el primer día de febrero de 1944, la empresa cervecera siguió trajinando a todo vapor hasta 1974, ya regidos sus destinos por miembros de la familia Suardíaz, descendientes del otro pionero que puso color y sabor en las papilas gustativas al futuro de Gijón.

DdA, XIV/3828

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