lunes, 26 de marzo de 2018

LA POESÍA DE LAS COSAS


José Antonio Llamas
La nueva crónica

En el verano de 1964, en el número 6 de ‘Claraboya’, Don Antonio González de Lama, profesor de filosofía de tres de los miembros de la revista leonesa de poesía, glosaba el primer libro de poemas del berciano Antonio Pereira titulado ‘El regreso’

Ninguno de los dos, Pereira y De Lama, eran jovencitos. Los de Claraboya, sí. Poco más de 20 años. Pero teníamos muy claro quiénes habían de ser nuestros maestros. Y éstos, desde luego, no debían ser los poetas oficiales, los de ‘Garcilaso’ los componedores de sonetos, pero tampoco algunos de los de ‘Espadaña’. No nos interesaba la ‘poesía social’. Nora y De Lama, sí. Lo nuestro iba más por la poesía humana a carta cabal, una poesía dirigida a las conciencias y las llibertades. Lo que sí podemos subrayar es que el ideólogo grupal era Agustín Delgado, quien nunca dejó de mostrar sus admiración y respeto por nuestro profesor de filosofía en el seminario, y partícipe esencial de ‘Espadaña’ Don Antonio González de Lama, al que invitábamos a colaborar en ‘Claraboya’. Y cuanto, o cuantos, él nos propusiese, eran admitidos sin reservas.

Su primera colaboración, tan buscada, nos llenó de satisfacción, puesto que nunca habíamos dejado de recibir su magisterio abordándolo en la biblioteca que regentaba, en su despacho del Diario de León, e incluso en sus paseos diarios al atardecer por la ciudad. Tampoco nos faltó el apoyo y la colaboración de Antonio Gamoneda y de Antonio Pereira, sus amigos, y nuestros, literatos.

En esa nota que leemos en Claraboya sobre el primer libro de poemas de Pereira, Don Antonio elogia el buen hacer del autor cuando habla de «la poesía de las cosas» y sorprende, y para bien, que hoy, después de más de 40 años, uno de los miembros de Claraboya publique su última novela con el título ‘El hijo de las cosas’. Y nos preguntamos cuáles son esas cosas que alimentan la sustancia de esta verdad. Nos lo dice don Antonio: «Palabras claras y verdaderas para pensamientos claros y verdaderos también. Y para sentimientos comunes, nada complicados. Lo que aquí se dice y el modo como lo dice podría decirlo un hombre cualquiera de su tiempo, que vive y trabaja, que ama y sueña, que a ratos sufre y a ratos es feliz. Que va con su automóvil por el mundo y ve la poesía de las cosas».

Fieles a su doctrina, los ‘claraboyos’ tratamos de seguir esa pauta. Hasta que llegó un momento en el que surgieron otras corrientes, y la poesía se puso a delirar. Las cosas ya no eran cosas sino triunfos y gloria. La realidad, mezquina. 

DdA, XIV/3803

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