miércoles, 7 de febrero de 2018

LETIZIA: ESTUDIANTE EN LA CALLE TUTOR, REINA EN LA ZARZUELA

Andrés Sorel
 
Día tras día, mes tras mes, periódicos, revistas, televisiones, hablan de la reina Letizia. ¿Hablan? No: eso supondría indagar en sus ocupaciones literarias o artísticas, en sus estudios sociales y aportaciones para la cultura, la lucha contra la discriminación, los genocidios de los exiliados, la destrucción ecológica y ambiental y la necesidad de romper la cadena de quienes tienen en su país -apenas unos centenares- más dinero que el que ingresan millones de ciudadanos.
Sería entrar en la mujer, en sus pensamientos, en sus posibles acciones, incluso en su vida diaria. Pero no: todos los medios de comunicación se limitan, cuando aparece en un acto público, a contar como viste, los zapatos que lleva, quienes se los proporcionan. Y las joyas que exhibe. Minuciosas descripciones que acompañan su fotografía. De la cabeza a los pies solo existe el maniquí. No escriben, hablan, reflejan otra cosa, como si no fuera un ser humano y sí un simple figurín que se exhibe para conformar lo que es la vida de una reina, ahora sí auténticamente ficticia. El amor, el dolor, la cultura, la política son algo, para los periodistas que no puede encarnarse en ella-
 
Y esto me hace recordar el capítulo que le dediqué -en él expongo las razones que me llevan a tratarla- en mi libro Antimemorias de un comunista incómodo que me publicó hace ya tres años la editorial Península de Planeta. Se llamaba "Leticia: estudiante en Tutor, reina en la Zarzuela". Por considerar su evolución acorde a lo que se ha, o la han convertido los medios, recojo algunas frases del mismo.

Ya no es mujer. Olvidan, en la representación a que preceptores, tutores, guardianes y personal de servicio la conducen, desde que se levanta hasta que se acuesta, que también es cuerpo y mente, no solo máscara. La máscara es trabajada por el equipo que la armoniza hasta que consiguen que su rostro se vuelva indefinible, hasta que controlan al límite sus expresiones para que no se descomponga jamás a la luz pública (...)
Y como dentro de los ejercicios brillantemente aprobados no existían palabras, diálogos, controversias, dudas, y sí escenificación para el selecto público donde se exhibía su figura y el aprendizaje de idiomas, y al expresar bien pronunciadas frases en ellos, los aquiescentes aplaudirán complacidos al ritual: sí, oh, magnífica, bella e inteligente, no malogra su figura y habla idiomas perfectamente porque ya no habla ninguno. ¿Y su ética? Esa palabra no figura en el catecismo regio. ¿Cómo va a plantearse si ella ya no piensa, solo interpreta los papeles que le asignan?
La existencia pasa a convertirse en una telenovela para consumo de los espectadores. Y en ella, lo más importante, son los adornos de la intérprete, peinado, vestidos, joyas o ausencia de joyas, zapatos y bien afilados tacones. Que ocupen y realcen los decorados sobre los que se mueven o permanecen estáticos los figurantes -incluso en la entrega de premios literarios o artísticos- que hablen sin hablar, sonrían sin sonreír y no verán nunca lágrimas porque el ejército de maquilladoras y su bien retribuida estrategia impiden que rostros tan bien trabajados y compuestos puedan en cualquier momento descomponerse.
Mas fuera de la representación quedan las alcobas de las niñas, los pasillos sin criados ni mayordomos, el lecho ocupado o vacío, los momentos en que despierta del eterno sueño dominante que la ha paralizado, y tal vez, cuando desaparece la escena, renace la vida. Mas esa ya no está preparada para el espejo público. Solo una poderosa imaginación y un catártico análisis, podría tal vez entrar en ella.
Y al final de las palabras, la memoria, de pronto, regresa a aquella joven que estudiaba periodismo y que estuvo en un modesto piso lleno de libros situado en la calle Tutor. Si ya ha sido premiada y obtenido el gran reconocimiento virtual al que aspiraba, busque, por si casualmente se encuentra en su biblioteca de La Zarzuela, las obras de Shakespeare, y lea en el acto V de Macbeth estas palabras:


¡Apágate, breve llama!
(...)
La vida es un cuento
que cuenta un idiota,
lleno de ruido y furia
que no significa nada.   
 DdA, XIV/3672    

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