lunes, 4 de septiembre de 2017

EL AMBIENTE EN CATALUÑA SE HA TORNADO IRRESPIRABLE CON EL "PROCÉS"

Cataluña, un paso antes del abismo
El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich

“L’estratègia de voler enfrontar la societat catalana amb els Mossos és un colossal error”, decía Enric Juliana el pasado 31 de agosto poniendo un poco de sensatez en estos días, semanas y meses de desproporción. El comentario de Juliana sobre la inclusión de la labor de los Mossos en la ecuación política catalana me hizo recordar un momento histórico que muestra el peligro de añadir a un proceso enconado en el que solo tienen cabida discursos polarizados el factor de la seguridad e incorporar al cóctel a unas fuerzas armadas. Los conflictos y la violencia no empiezan en su cénit de intolerancia y barbarie, existe un sinfín de procesos intermedios que se van dando con la irresponsabilidad de muchos y la alerta de muy pocos.
La ciudad de Knin se convirtió en 1990 en precursora y trágica protagonista del conflicto entre serbios y croatas cuando el enfrentamiento se encontraba en plena escalada. La elección del ultranacionalista de extrema derecha Franco Tujdman como presidente de Croacia no fue bien acogida en la ciudad ferroviaria al sur del país por la población de origen serbio que la habitaba.
La policía serbia en la población croata, liderada por el inspector de policía Milan Martic, no aceptó la legitimidad de un gobierno que como primera medida tomó la bandera a cuadros y los símbolos que durante la II Guerra Mundial habían usado los Ustacha contra los serbios. Su líder, Ante Pavelic, Poglavnik de Croacia, con la colaboración de los nazis había realizado una limpieza étnica de serbios con el campo de concentración de Jasenovac como baluarte principal de sus acciones.
Milan Babic, alcalde de Knin, y Milan Martic, inspector de policía, se convirtieron en las cabezas visibles de la rebelión policial contra el gobierno de Croacia. La protesta fraguó porque existía una mayoría serbia en la ciudad que apoyaba sus reivindicaciones, pero solo pudo convertirse en la chispa de un conflicto terrible porque tenía la fuerza de las armas.
Despreciar el clamor popular que existe detrás de una acción como la de la policía serbia de Knin es tan irresponsable como alentar los más bajos instintos y apelar a la emoción como único argumento de unas reivindicaciones políticas legítimas. Solo hay un paso para llegar a una rebelión como la que se sucedió en la región de la Krajina, y antes de ese fatídico punto hay mucho que hacer. Ningún conflicto es extrapolable, y menos aún el de los Balcanes. Pero analizar los procesos permite encontrar pautas que ayuden a las soluciones. Es sobre el resto del camino andado hasta ese momento de ignición sobre el que hay que incidir para no llegar a un punto de conflicto irremediable.
Emocional y socialmente algo se ha roto de forma definitiva entre una inmensa mayoría de la población que se encuentra imbuida por los relatos de dos percepciones antagónicas de Cataluña y de España que lo han enturbiado todo. No es posible desde una población de la periferia de Madrid o desde una población rural castellana recibir de forma pasiva información mesurada sobre el conflicto que se vive en Cataluña. La futbolización del conflicto es total, la razón ha pasado a un plano secundario para que predomine un hooliganismo que borra cualquier atisbo de búsqueda del matiz o de intento de empatizar con las reivindicaciones del otro. En España la catalanofobia es una dramática realidad.
El ambiente se ha tornado irrespirable, no hay tema que enturbie más las relaciones personales en Cataluña que el proceso independentista. Es comprensible empatizar con el hartazgo que viven muchos ciudadanos independentistas que se han sentido insultados, ninguneados y despreciados incluso sin compartir su visión nacionalista y patriótica. Y no hay marcha atrás, solo queda apelar a la responsabilidad de todos los actores implicados para restaurar un hábitat mínimo de convivencia antes de que el abismo ya sea inexcusable.
 
DdA, XIV/3625

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