jueves, 13 de julio de 2017

ESPAÑA NO TIENE TRADICIONES DIGNAS DE COMPARTIR ENTRE TODOS

Jaime Richart
  
 Cuando Inglaterra ofrece algo al mundo asociado a una tradición, independientemente del interés que suscita la noticia en sí en España se recibe de tres maneras: una es con indiferencia, otra con repulsión por venir precisamente de aquel país con toda la historia de su supuesta altanería y de hostilidad hacia España, y la tercera, con la envidia que provoca en el español, campeón en esa competencia, todo lo que despierta sentimiento de inferioridad o frustración.
  
 En estas dos semanas se viene celebrando allí, en Wimbledon,  el tradicional torneo de tenis que un mes de julio hace 140 años se inauguró e incluye el descanso deportivo en los dos domingos que jalonan el evento.
  
 La tradición en España, en cambio, sólo reside en el hecho religioso y en las fiestas populares generalmente sangrientas más o menos ligadas a él. Lo poco tradicional que exista por aquí de carácter civil, a buen seguro será sólo local. Tradición, lo que se dice tradición a nivel nacional, sólo podemos decir que son las procesiones -en todos los formatos y colores-, y la fiesta de los Toros y otras en las que el animal sufre martirio de maneras varias.
  
 No puede extrañar. Hasta ayer, el catolicismo tremendista, la Inquisición, el absolutismo monárquico y las dictaduras son las superestructuras sociales que vienen reinando en España después de los reinos de Taifas. Y cuando se superó un periodo de terror más o menos institucional, quienes protagonizaban el siguiente rompieron con todo vestigio de la etapa precedente salvo lo intocable: procesiones y Toros. Cualquier otra posible tradición civil no llega nunca a conformarse. En unos casos porque la fuerza de su profanidad competiría con el alarde religioso, y en otros porque sofocaría un poco más las fanfarrias del festejo sanguinario.
  
 El caso es que en España no hay tradiciones dignas de ser compartidas por todos. Pues de las dos citadas, una es vista por una parte gruesa de la población como algo trufado por la mojiganga y la otra como práctica que mueve a repulsión. Lo mismo que, al otro lado, no hay tendencia que no esté asociada al frenesí del cambio, en unos casos, o al ansia de sepultar, en otros, cualquier vestigio de su historia negra abarrotada de episodios tenebrosos que cierran las puertas a toda tradición hermosa de alcance nacional. Esto da idea de los dividido que está siempre este país.

DdA, XIV/3584

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