lunes, 5 de junio de 2017

EL AGENTE DE LA ESCALERONA NOS ABRÍA LAS PUERTAS DEL HORIZONTE

RETABLO GIJONÉS

Félix Población

Habrá quien le ponga nombre o apodo. ¿Morgan o Anthony Quinn, por el parecido con este actor? No me llega la luz del recuerdo tan al fondo de mi memoria, pero sí que la imagen de este o parecido agente de la circulación, cuando todavía no estaban pintados los pasos de peatones en las calzadas y el de La Escalerona era uno de los más transitados de la ciudad, gozaba de un general reconocimiento por la eficiente y teatral gestualidad de sus brazos a golpe de silbato. 

Se podría asegurar, incluso, que convocaba una cierta expectación en torno a su trabajo, hasta el punto de que la la gente  se detenía un rato a verlo para observar al detalle las peculiaridades de su proceder en cada caso, siempre con su braceo enérgico y sus raudos y secos giros de cuerpo. El vigor de sus pitidos, reiterados y firmes, se dejaba oír desde el mismo momento en que accediamos a la brisa del mar por la calle Instituto. Algunos llegábamos a identificarlo por las emisiones sonoras de su silbato, cortas y repetitivas. No dejábamos de comentarlo mis amigos y yo en cuanto aspirábamos la primera bocanada de mar y viento, y el afán de playa y balón aceleraba nuestros pasos y nuestras voces.

Al júbilo que sentíamos ante el asomo de la diversión más plena de nuestros días, se le unía en cierto modo el que nos procuraba la figura y actitud de aquel agente dotado de un divertido histrionismo, cuya eficacia regulando el incipiente tránsito creciente de la ciudad no estaba reñida con una cierta facultad para el espectáculo lúdico, muy de agardecer en aquellos tiempos oscuros, tan dotados de rigurosa autoridad. 

La imagen que mueve esta evocación no llega a registrar las que podríamos apreciar en uno de esos vídeos que ahora tanto nos frecuentan, pero para muchos de mi generación sirve de soporte para imaginar, con el fondo de las olas rompiéndose en la arena y los primeros fragores del tráfico, la repetitiva emisión de aquel silbato alentado por el peculiar guardia de La Escalerona. Tan peculiar que nos abría cada mañana las puertas del horizonte. Al hacerlo, reía el aire azul del verano y estábamos más cerca de nuestros sueños.

DdA, XIV/3555

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