viernes, 20 de enero de 2017

UNO DE LOS FUNDAMENTOS CLAVE DE LA INJUSTICIA SOCIAL ESTÁ EN LOS PARAÍSOS FISCALES

 Jaime Richart

 Tenemos que cambiar, es la frase favorita de las gentes reflexi­vas de cada época. Es la que repiten mis amigos gnósticos y los patriarcas de otras religiones. El mundo debe cambiar, dicen los bienintencionados y las almas puras que ven, escuchan y leen las terribles noticias sobre la aberrante desigualdad que pa­dece hoy día la aldea global a pesar del avance inaudito de la inteligencia  útil de los últimos cincuenta años. Es más, parece que ésta la hubiera favorecido.

El problema está en que si los cambios en las personas comu­nes y sensibles se produjeron hacen mucho tiempo, los hom­bres y mujeres que tienen en sus manos nuestro destino no cam­bian ni desean cambiar. Al contrario, las especiales condi­ciones financieras reinantes desde hace décadas les empujan a apretar el paso para el cambio, sí, pero es para reforzars su ansia de dinero en la misma medida que la tendencia de la impu­nidad avanza. Pues, ciñéndonos a España, el tiempo innece­sariamente transcurrido en la sustanciación de los proce­sos penales contra los defraudadores y corruptos en general lo atestigua, y lo corroroba el nulo impacto de dichos procesos en la recuperación del dinero defraudado y saqueado.

 El caso es que Intermón Oxfam denuncia en su último informe que en España el patrimonio de las tres personas más ricas (Amancio Ortega y su hija, Sandra Ortega Mera, y Juan Roig) es mayor que el de la suma de los 14 millones de habitantes más pobres del país. Tres individuos poseen tanto como catorce millones. Y, por otro lado, los ocho más ricos del mundo po­seen lo poseído por la mitad de la humanidad. El uno por ciento, tanto como el restante noventa y nueve. Saquemos con­clusiones...

 Circula por las redes un análisis que dice al respecto: "Y es que, sin necesidad de ponernos apocalípticos por conocer lo que vienen advirtiendo cada vez más economistas, sociólogos, científicos y analistas de prestigio, no parece que exista concien­cia de lo que va a suponer en un medio plazo mucho más corto de lo que se percibe, el nuevo modelo de relaciones socioeconómicas y de clase que está gestándose pero del que aún no se está sintiendo más que la calma que precede a la tem­pestad".

 En definitiva, el informe y tantos y tantos  consternados por esa cruda realidad hacemos un llamamiento a los gobiernos de las naciones para que eviten la elusión fiscal, el fraude y los pa­raísos fiscales, por el bien de los desposeìdos y antes de que sea demasiado tarde y la sociedad se colapse.

 Bien, sigamos denunciando esta barbarie postmoderna, y haga­mos llamamientos a diestro y siniestro hasta hartarnos. Sin em­bargo, todos sabemos bien que la vida de las sociedades se­guirá su curso y que los dueños de las naciones y del mundo harán caso omiso de cualquier denuncia y llamamiento a sus conciencias. Pues sabemos también, que la suerte del mundo y de las sociedades la dictan ellos, no la dictan la buena voluntad, la inteligencia racional, los corazones blandos, la compasión, la caridad o el altruísmo. Estas sensibilidades son propias de noso­tros, los que formamos parte de ese 99 por ciento, no de ellos. Siempre fue así y siempre será. De ahí la causa revolucio­naria. El revolucionario sabe que los cambios sociales son imperceptibles; que se precisa  un siglo para notarse. Y que, mientras los poderes de toda clase han cedido de su suerte y de sus privilegios si acaso una décima parte de lo que poseen y nuestra sociedad se ha movido apenas un palmo en esa mate­ria, el sufrimiento, la desolación, la desesperación y los cadáve­res que van quedando en el camino son imposibles de contar... Pero sabe también, que quienes hacen las leyes serán de uno u otro modo sus principales beneficiarios; que, como decía Ana­tale France, es la misma ley la que condena al rico y al pobre que roba un panecillo. Ellos siempre habrán de tener buen cui­dado de no perjudicarse a sí mismos, ni a quienes tienen las lla­ves de la riqueza y del poder económico a su vez dueño del po­der político y de todo cuanto abarca. Y tendrán buen cuidado, porque aunque no se les vea en los centros donde se preparan los proyectos de ley, están en la sombra meciendo la cuna.

 En estas condiciones, cuando los enriquecidos súbitamente en la mayoría de los casos por golpes financieros, por la rapiña o por el fraude legal o ilegal son los mismos que, o están en el po­der o lo apoyan o son apoyados por el poder, poco podemos hacer. Mejor dicho, nada podemos hacer el 99 por ciento de la humanidad cuyas vidas están diseñadas por el uno por ciento restante. Y poco o nada van a importar esos esfuerzos que In­termón Oxfam, moralistas, altruistas y bien pensantes pedimos como quien clama en el desierto, a gentes de nuestro país y del mundo que desfilan por las pasarelas del poder visible, para luego escabullirse en la nebulosa del poder invisible, sin respon­sabilidades públicas, que es a la postre el que decide el destino de las sociedades y del mundo en complicidad con las fortunas.

 En consecuencia, en los momentos que escribo esto represento tanto a mi propio espíritu como al espíritu de los millones de se­res humanos que no han sobrevivido a la pobreza ni conocido las mieles del progreso y de la comodidad. Y como tal, hago un llamamiento a los ciudadanos libres y al tiempo nuevos esclavos, a hacer la revolución sin esperar a que el despertar o la repentina bondad de los perversos les corrijan. La piedad no es su fuerte y la cárcel no les amilana, pues fortunas enteras bien valen unos pocos años de cárcel en el caso raro de que la justicia ordinaria les condene

 El sistema no propicia cambios. Los cambios solo son posibles por la fuerza, raras veces por la persuasión. Pues bien, todo cam­bio estructural empieza por la supresión de los paraísos fis­cales. Pero ¿cree alguien que los poseedores de la mayor parte del dinero y la riqueza de la Tierra van a consentir al poder político de la Europa comunitaria y de USA (en el supuesto de que lo intentasen) dicha supresión, sin dar limosna con una mano y sobornos y extorsión con la otra para evitarlo? Es magní­fico tratar de concienciar al poder para que dé un paso adelante. Es colosal promover la evolución social. Es recomen­dable la paciencia y la estabilidad social. Pero mientras especu­lan los bien intencionados,  millones de víctimas en cada país y en un mundo cautivo de la voracidad de unos cuantos, sufren o mueren y no pueden esperar. Y mientras al dinero se le asigne el miserable valor que se le da y la posibilidad de manejarlo como en la selva manejan sus fauces los depredadores, nada cambiará... Perdón, podremos cambiar, pero a peor, y para cual­quier cambio significativo, pese a que hoy en lo accesorio son vertiginosos, como decía antes, habrá que esperar por lo me­nos otro siglo.

 El fundamento -o uno de los fundamentos principales de la in­justicia social en el mundo de hoy dominado por el pensa­miento único- está en los paraísos fiscales. Y por otra parte no es posible transformar la índole de los ladrones y patológica­mente ambiciosos. En el fondo la desigualdad en estos tiempos estriba en estos dos pequeños y al tiempo colosales detalles de un sistema per se injusto y propiciador de la injusticia. Por con­siguiente; para nosotros, ambiciosos también pero de huma­nismo, no hay aquietamiento posible por oír simples aparien­cias de solución.  Mientras persistan los mecanismos que hacen posible y propician tan fácilmente la injusticia de diseño, la atracción que ejerce el dinero público seguirá siendo una grave amenaza contra el cambio.

 Éstas son las razones por las que, no viendo otra salida a corto y ni siquiera a medio plazo, yo propugno la Revolución pací­fica en nombre de la Humanidad. Y, como es propio de tiem­pos en que la civilización, màs bien la cultura, nos han hecho ra­zonables, la pena que corresponde a los causantes de una des­igualdad artificiosa que nada tiene que ver con la inteligencia creativa -la única que puede justificar la diferencia-, que se re­sisten al cambio, es barrer calles y limpiar retretes de por vida... 

                                  DdA, XIV/3444                                 

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