sábado, 10 de diciembre de 2016

LA SOCIEDAD ESPAÑOLA NECESITA REENCONTRAR LA CONFIANZA PERDIDA

 Necesita confiar en que llegará un momento que todo el mundo comprenderá que la codicia extrema es tan perni­ciosa para el país como una guerra; que la codicia, que los codiciosos llaman ambición legítima, es la causa de la mayoría de todos los males sociales.
Jaime Richart


El desafío principal de estos momentos en España es la re­forma a fondo de la Constitución para ajustarla a la realidad te­rritorial tal como es y desean millones de sus habitantes, y recha­zar la que fuerzan sus habituales dominadores empeñados en una nación única, heterogénea y compactada históricamente bien por las armas bien envolviendo en apariencia de utilidad a las instituciones que encubren esa falsa realidad. Pues la co­hesión entre un pueblo y su territorio no se logra con artificios leguleyos o con engaños administrativos, y menos en tiempos en los que la lucidez de la ciudadanía brilla con luz propia y ella se da cuenta de todo.

Sin embargo, mientras esperamos a la reforma profunda de la Constitución y a que la mayoría reconozca un mosaico de nacio­nalidades en el hecho territorial, ahí está, pendiente, un orden básico en todo el país, tanto en todas las estructuras del Estado como en todos los ámbitos de la sociedad civil, que ahora no existe. Porque el desorden es manifiesto. Desorden que en realidad y en buena medida viene provocado por las ten­siones entre las nacionalidades de hecho y el aparato central, el cual aplica sin respiro y desde tiempo inmemorial una inusi­tada fuerza centrípeta a su política en esa materia.

España, en cualquier caso, vive un caos organizativo por más que sus habituales u ocasionales administradores intenten sola­parlo. Por ello es preciso empezar por restablecer la confianza y el compromiso entre gobernantes y gobernados, y entre los propios ciudadanos. Cómo hacerlo, no lo sé. Pero lo que si sé es que sin compromiso ni confianza no puede haber sociedad avanzada (y menos donde todo se basa en el dios Mercado) que no sufra una manifiesta o soterrada inestabilidad... Las briboner­ías de la banca en general durante años han dado al tras­te con la confianza que antes pudiera existir. Y a la pérdida de credibilidad en la banca se ha sumado el impacto casi en el mismo sentido, que el saqueo de las arcas públicas por parte de los gobernantes ha producido en la ciudadanía, en la vida pública, en la privada, en la mercantil y en la laboral. Habrá de pasar  mucho tiempo hasta recobrar esa confianza escandalosa­mente agrietada. Y ello sólo podrá ser, a condición de que la vo­luntad política aborde el asunto de la territorialidad como la principal preocupación de este país, conjuntamente con la opro­biosa desigualdad social.

Pero aparte de este asunto tan espinoso como absurda la ma­nera de tratarlo a cargo de los gobernantes a estas alturas de la historia, en España, tras un largo periodo de desvalijamiento de lo público, descubierto el monstruo de corrupción, ha quedado un espantoso vacío normativo. Un vacío que no pueden ocu­parlo más leyes, sino el poder tercero del Estado que es el judi­cial, por un lado, y el empuje autoregulador de la propia socie­dad, por otro. Depurar, pues, el daño supurado por tanta bella­quería y poner orden en tanta confusión debe ser otro reto. Pues, desde la enseñanza hasta la industria, desde la ganadería hasta la política, desde el periodismo hasta la medicina, desde la forma de Estado y de gobierno hasta la prostitución, desde la minería hasta el medioambiente, desde el mal uso del idioma hasta la degradación de las costumbres, desde la justicia hasta la industria farmacéutica... todo está infectado de inseguridad jurídica, de maquinación o de saqueo.

Y cuando hablo de que falta un impulso regulador, no me re­fiero a que falten leyes pues España debe ser el país que más le­gisla del mundo (y también el que más incumple). Me refiero a la necesidad de prácticas imaginativas e inteligentes en los es­tamentos superiores de la gobernación, pero también a la mo­vilización de la conciencia de la sociedad toda. Pues la verdadera democracia no necesita de muchas normas, sino una conducta intachable de los que desde el ámbito privado o del público dirigen la vida colectiva, y altas miras que iluminen, tanto a los ciudadanos comunes para inducirles a concitar sus fuerzas dirigidas al interés general como a los más desahoga­dos para cooperar con ellos. La democracia necesita que los puercospines de la parábola de Schopenhauer no estén tan lejos unos de otros para no pasar frío, ni demasiado cerca para no pin­charse.

Lo que a su vez significa desoír en lo posible a los políticos, desdeñar la publicidad, desconfiar del periodismo y de los me­dios de comunicación, y recelar asimismo de médicos, de aboga­dos, de notarios, de registradores, de quienes manejan el escrutinio de los votos; de todos los oficios y profesiones  de más o menos fuste en los que descansa en buena medida la buena fe de la ciudadanía... El ciudadano común debe forzarles a "regenerarse" y a regenerar su ética, cada día más confusa y más débil, y esforzarse él por su parte en formarse criterio pro­pio en lo posible, para el bien de la comunidad y sin esperar ni buscar tutelas en el periodismo sectario que a todo trance quiere infundir opinión, como antaño nos las dispensaba con rue­das de molino el clericalismo.

En efecto. La sociedad española necesita reencontrar la con­fianza perdida hace mucho tiempo; aquella confianza  que fue pasajera y fruto de la ilusión propiciada por el consumo endeudador. Necesita confiar en que llegará un momento que todo el mundo comprenderá que la codicia extrema es tan perni­ciosa para el país como una guerra; que la codicia, que los codiciosos llaman ambición legítima, es la causa de la mayoría de todos los males sociales. Si esto no es novedad porque siem­pre fue así, y tampoco la única, en los tiempos actuales es mu­cho más grave, porque además de serlo para una sociedad men­talmente despejada, es brutal su impacto en las condiciones del planeta. Y es que, desaparecidos el freno y control social que ejerció la religión primero y una ética de mínimos después, la codicia hoy alcanza unos niveles pavorosos en Occidente y espe­cialmente en España. Esa codicia que embrutece, ésa que ciega, ésa que bajo las buenas maneras se esconde brutalidad, ésa que ha abierto de par en par las puertas a la desertización ga­lopante y a la saturación de la biosfera. Ésa, en fin, que ha sido la causa principal de la destrucción de buena parte del te­jido social en España.

Pero si España precisa de una regeneración a fondo de sus go­bernantes y de la clase política, no menos regeneración necesi­tan ese periodismo de baja estofa y esa ciudadanía que entrega reiteradamente su confianza a malhechores.

Mientras no se aborde con naturalidad el asunto de las naciona­lidades que encierra España y no renueve a fondo su filo­sofía social la sociedad civil y todos sus estamentos, España no será una nación digna de respeto para los países de la Vieja Europa, aun con sus defectos, y sí un país donde el patriotismo de guardarropía seguirá siendo el principal refugio para los cana­llas.

DdA, XIII/3408

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