viernes, 25 de noviembre de 2016

MARCOS ANA Y LAS NOTAS DE CAPILLA


 Con motivo del fallecimiento ayer en Madrid, a los 96 años de edad, del poeta Marcos Ana (Fernando Macarro Castillo, Alconada, Salamanca, 1920), el preso que más años estuvo en las cárceles franquistas (23), rescato un artículo que publiqué el 2 de diciembre de 2008 con motivo de nuestro conocimiento el día que participó en Salamanca con el poeta argentino Juan Gelman en el I Encuentro Internacional de Centros de la Memoria, cuya intervención también gloso en el texto. Aprovecho la ocasión para preguntarme si habrá finalmente un film sobre Marcos Ana. Pedro Almodóvar adquirió los derechos sobre la biografía del poeta (Decidme cómo es un árbol), cuya historia dijo deslumbrarle en su día. Cuenta la periodista Olga Rodríguez hoy en su columna que el poeta, sabiendo que le quedaban pocas horas de vida, quiso avisar a Alberto Garzón y a Pablo Iglesias, que lo visitaron en la tarde del jueves poco antes de que muriera. No enterrarán tu nombre.../ Arderá en mi palabra,/ lo subiré a mis labios de la pena más viva, / escarbaré en el llanto / y hundido en sus raíces te subirá en sus hombros / mi voz al nuevo día.

Félix Población

El mismo día en que la Audiencia Nacional declaró incompetente a Baltasar Garzón para investigar los crímenes del franquismo, el poeta y periodista Juan Gelman abría en Salamanca el I Encuentro Internacional de Centros de la Memoria Histórica contra los comisarios del olvido, porque, según sus palabras, un cuarto de siglo después del fin del infierno de la dictadura argentina, ese infierno tiene una segunda parte que aún crepita en la memoria y no se apaga, gracias sobre todo al concurso de los organizadores de la amnesia. Citó Juan a este respecto a los militares arrepentidos y callados con dosis de cianuro, a los testigos que declararon contra la barbarie como Julio López -desaparecido para agitar el miedo-, a la jerarquía eclesiástica que santificó la matanza y se niega a abrir los prolijos archivos de ese tiempo de muerte, a los fiscales jueces y demás instancias judiciales que encajonaron procesos contra los represores, a los sectores políticos y sociales cómplices de la masacre y a ciertas organizaciones de derechos humanos, incluso, que se limitaron a burocratizar el dolor.

Nadie mejor que Gelman, en su condición de periodista, poeta y familiar directo de varias víctimas asesinadas y hechas desaparecer por la dictadura, para abrir en Salamanca un evento que trata de rescatar el pasado que nos constituye frente a la historia tantas veces descrita en el agua y la arena. En contra de quienes vilipendian el esfuerzo de la memoria bajo la excusa de que no debe removerse el pasado para evitar que las heridas se reabran, la necesidad de esa facultad recordativa es un imperativo moral precisamente porque las heridas no están cerradas: Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego -dice Juan Gelman-. Su único tratamiento es la verdad. Y luego la justicia. Verdad para las víctimas y justicia para los victimarios.

Los diques impuestos a la voz del pasado siguen siendo recurrentes y hay quienes pretenden ampararse en aquellos decretos de la antigua Atenas en los que se conminaba a los ciudadanos a olvidar la derrota sufrida contra Esparta. Ese olvido es imposible porque los miles de desaparecidos hacen perdurable su recuerdo en sus amigos y familiares. Enterrar a los muertos es una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir, grita Antígona: Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera. La verdad del sufrimiento de las víctimas ha de imponerse a la que mantienen los victimarios, que es la cobardía del silencio. Para eso están los archivos, para contribuir a deshacer las artimañas de los asesinos de la memoria, afirmó Gelman.

Le correspondió al poeta Marcos Ana, preso en las cárceles franquistas durante 23 años, poner fin al evento celebrado en Salamanca con el conocimiento y la verídica percepción de quien sufrió tan dilatado periodo de prisión durante la dictadura. Si entonces Marcos Ana recibió la solidaridad de los países iberoamericanos, el poeta comunista les devolvió ese mismo sentimiento mucho después a las víctimas encarceladas por las dictaduras del Cono Sur. El afán por recuperar esa oscura memoria nos une hoy aquí y allá porque no se puede arrancar esa página de la historia para que se la lleve el viento del olvido. Su recuperación y reparación es inevitable como vacuna para la libertad y la vida del porvenir. A tal fin, la actual y tardía ley de la Memoria Histórica es insuficiente porque entre otras carencias no anula las sentencias dictadas durante la dictadura. Esa ley no contribuye a reabrir heridas, tal como sostiene la derecha, sino a evitar que las heridas se cierren en falso y a reparar y dignificar, aunque sólo sea en parte, la memoria de quienes defendieron la libertad frente a los que lucharon contra ella.

Refiriéndose al periodo de la transición, y teniendo en cuenta que la política es el arte de lo posible, la izquierda fue muy generosa y se adaptó a la correlación de fuerzas existente, donde primaba asentar la democracia frente a la dictadura aunque fuera a costa de asumir la monarquía en lugar de reivindicar la república. No debe confundirse la amnistía proclamada entonces con la amnesia, ni la justicia reclamada ahora con la venganza. Marcos Ana reveló en su conferencia que una parte de los documentos procedentes de su vida en prisión la ha donado al Centro de la Memoria Histórica de Salamanca y que su mayor anhelo sería rescatar las miles de Notas de Capilla que sus compañeros dejaron escritas antes de ser fusilados. Los presos que limpiaban la correspondiente dependencia hacían pequeñas ranuras en las paredes y dejaban escondidos un papelito y un lapicero para que fueran empleados por los condenados a la última pena, que así se despedían de sus deudos, con estremecedores testimonios entre el material conservado.

Oídme amigos. He visto
con los ojos soñolientos
algo que quiero contaros.
Es la madrugada. Un preso
enfrente de mí despierta.
Se incorpora sobre un codo.
Lía un cigarro. Se sienta.
Mientras fuma tiene ausente
la mirada, como dormida la frente
(Sueña el viento en la ventana)
Tira el cigarro. Se inclina.
Saca un pedazo de pan,
se lo come lentamente
y después… rompe a llorar.
(Quizás no tenga importancia…
Yo os lo cuento)
Ya sabéis que a mi las losas
me han gastado hasta los huesos
del corazón,
pero ver llorar a un hombre
es algo, siempre, tremendo.
Y este preso no es un árbol
que se ha roto. Sigue ileso.
Pero de pronto ha venido
todo lo “suyo” a su encuentro
en esta noche tranquila…
Con su dolor en mi pecho
le miro. No puede verme.
Sus ojos están muy lejos.
Sus ojos cerca, llorando
tan suave, tan hondamente
que apenas si mueve el aire
y el silencio.
Un “alerta” le estremece.
(Por el patio
se oye cruzar el relevo).

+@ Semprún y Marcos Ana: memoria personal y memoria histórica. (Diario del Aire)

 DdA, XIII/3396

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