miércoles, 27 de julio de 2016

RESPUESTA A SAVATER Y CERCAS DEL AUTOR DE "LA DESFACHATEZ INTELECTUAL"

Fernando Savater
Ignacio Sánchez Cuenca

Hace unos meses publiqué un libro, de naturaleza polémica, titulado La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política (Catarata). InfoLibre, con su generosidad habitual, tuvo a bien publicar la introducción del libro como adelanto editorial. En el libro criticaba la mezcla de frivolidad en los contenidos y prepotencia en las formas de tantos intelectuales y escritores que opinan de oídas, dejándose llevar por lo que dicen sus conocidos, sin haberse informado suficientemente pero escribiendo con sobrada suficiencia.
En el libro critico con dureza opiniones y tesis, pero no a sus autores, a quienes he intentado no descalificar en lo personal. Mientras que los autores merecen un respeto, sus opiniones y argumentos deben estar sujetos a la crítica. Así, hice una valoración negativa del libro de Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido, pues creo que refleja muchos de los vicios de los escritores que hablan sobre política (superficialidad, afirmaciones tajantes, generalizaciones sin base, datos erróneos, etc.), pero eso no me impidió reconocer que Muñoz Molina es un gran escritor, merecedor de los honores y reconocimiento que se le dispensan por su obra literaria. Esta distinción tan básica, que subrayé desde las primeras páginas del libro, no la ha entendido todo el mundo, según quedó de manifiesto en algunas de las descalificaciones personales que he recibido de personas que han criticado más al autor que a la obra, como Jon Juaristi o José Antonio Zarzalejos.

Como necesitaba ilustrar mediante ejemplos algunas de las tesis del libro sobre el nivel tan bajo que en ocasiones tienen las intervenciones de nuestros intelectuales más señalados e influyentes, decidí llevar a cabo la crítica poniendo nombres y apellidos a los autores de aquellos textos que, a mi juicio, no resistían un análisis crítico. Esta es una práctica infrecuente en España, pues la mayoría prefiere no trasladar sus desacuerdos a la esfera pública para no arruinar relaciones y no quedar como un apestado en el establishment intelectual del país. De esta manera, si alguien ejerce la crítica, suele hacerlo de forma indirecta, a través de sobreentendidos y alusiones que captan el afectado y los más enterados, dejando en el despiste más absoluto al resto de lectores.

Aparte de que esta forma de proceder sea una falta de respeto hacia el lector, que no puede juzgar lo que está leyendo porque le faltan las claves para ello, se trata de una práctica que en sí misma resulta un poco ridícula y, sobre todo, impide el debate y un intercambio abierto de argumentos y puntos de vista. Así lo señalé en la introducción del libro.

Pues bien, para mi sorpresa, tanto Fernando Savater como Javier Cercas, dos de los aludidos, han reincidido en los vicios que criticaba. Cada uno de ellos me ha dedicado un artículo en la revista dominical de El País sin mencionar ni mi nombre ni el título del libro, para que quede clara la distancia insalvable que media entre nosotros y, además, no pueda yo reclamar derecho de réplica. Lo lógico habría sido que esta respuesta hubiese aparecido en el diario en que ellos publicaron sus artículos, pero no ha sido posible.

Savater tituló su artículo A mi inevitable enemigo. Debo dejar claro que soy crítico con muchas de las opiniones de Savater, pero no soy en absoluto su “enemigo”. He disfrutado enormemente con muchos de sus libros y artículos y tengo una admiración muy profunda por la labor que realizó encabezando la resistencia civil frente a ETA a finales de los años noventa. Para que el lector se haga una idea del tono de su réplica, nada mejor que reproducir la coda final:

"Enemigo mío, es usted un fiero jabalí de la izquierda que no da una a derechas, la que estuvo de cuerpo presente y mente ausente en la pintoresca puesta de largo de su libro en Madrid. (…) Como todo jabalí, usted es corto de vista y ataca a cuanto se mueve, creyendo que le cierra el paso. Pero por muchos colmillos que le eche, al jabalí más feroz siempre se le nota su parentesco con los demás cochinos. Inevitablemente suyo, Fernando Savater".

Pues en esto se queda la respuesta, en mi parentesco con los “cochinos”. De las críticas razonadas que realicé a su afirmación de que el principal problema de España es Cataluña, a su postura ante el proceso de paz con ETA, a sus ataques a Jesús Eguiguren, a su ambigüedad calculada ante el escándalo de los falsos positivos en Colombia, a sus simplezas acerca del nacionalismo y la crisis económica, o a sus argumentos estrafalarios en defensa de los toros, ni una palabra, no vaya a ser que caigamos en el nefando intercambio de razones; Savater siempre se ha sentido más a gusto en el intercambio de denuestos, género en el que todo el mundo admite que no tiene rival.

Por su parte, Javier Cercas, con un tono desabrido, sin disimular su enfado, escribió un artículo titulado La barbarie de la literalidad, llamándome “tonto culto”. De manera muy rebuscada, alude a La desfachatez intelectual:

"Un buen amigo escribió no hace mucho que nuestra guerra civil terminó en la Transición, dado que el franquismo no fue más que la prolongación de la guerra por otros medios; la idea no es extraordinaria, pero sí lo es que un profesor universitario denunciara en un libro de éxito la desfachatez analfabeta de mi amigo por ignorar que la guerra terminó en 1939, dato éste que, hasta que fue revelado por nuestro santo varón, todos desconocíamos. Ahí tienen el fruto del triunfo del tonto culto: la barbarie de la literalidad."

Vamos a aclarar las cosas para que el lector pueda entender de qué va esto. En mi libro aparece Cercas en varias ocasiones. Pongo como ejemplo de frivolidad intelectual un artículo suyo sobre las elecciones británicas de 2015, un pretexto para hablar sobre “la crisis de representatividad” (sic) de las democracias, asunto sobre el que, como me ocupé de mostrar, no tiene nada especialmente interesante que decir, por expresarlo con delicadeza.

También me refiero en el libro a ciertas incoherencias en sus posturas ante la cuestión catalana. Ahora bien, lo que ha molestado a Cercas es que critique un artículo hiperbólico y cortesano que escribió sobre la figura de Juan Carlos I tras el anuncio de su abdicación. En dicho artículo defendía tesis que a mi entender son incorrectas, empezando por el desgraciado título, “Sin el rey no habría democracia”. Tengo una opinión positiva del papel desempeñado por el rey Juan Carlos en la transición a la democracia, papel que he analizado con atención en un libro anterior (Atado y mal atado. El suicidio institucional del franquismo y el surgimiento de la democracia, Alianza Editorial, 2014). Pero creo que mi opinión, aun siendo positiva, no es tan incondicional y sin matices como la de Cercas. Cabría afirmar que sin el rey no habría habido continuismo legal entre el franquismo y la democracia, pero concluir que sin el rey no habría democracia es una desmesura. Sin el rey, la transición, qué duda cabe, habría sido diferente, pero habría habido democracia en España, sobre todo teniendo en cuenta la renta per capita de nuestro país en 1977: en toda la historia comparada, la transición española es la que se ha producido con un mayor nivel de desarrollo económico.

Cercas, para exagerar aún más el papel del rey, incluía una frase en la que definía la fecha del 23 de febrero de 1981 como “el día en que empieza de veras la democracia y terminan el franquismo y la Guerra Civil” (nótese que, en su artículo posterior, se calla la parte sobre la democracia y sólo menciona la de la Guerra Civil). Aunque Cercas me considere rematadamente tonto, debo decir que ya entendí que se trataba de una licencia literaria (así lo indiqué en el libro) y, por eso mismo, consideré que la mejor forma de desactivar dicha licencia y el sinsentido que encerraba era confrontando la literalidad del tiempo histórico con sus juegos conceptuales, pues, por muy importante que pueda haber sido la intervención del rey en la desactivación del golpe de Estado, la democracia empieza con las elecciones generales de junio de 1977, no con el fracaso del golpe. ¿No habrá sido Cercas quien no leyó bien mis palabras?

En lugar de defender las tesis tan deformadas que propuso en su artículo sobre el rey Juan Carlos, Cercas, en su réplica, se pierde en disquisiciones teóricas sobre la “literalidad”, citando para ello, en un artículo de periódico, ni más ni menos que a Platón, a Oscar Wilde, a Plutarco, a Bertrand Russell, a Orson Welles y a Picasso. Que cada cual juzgue por sí mismo, a mí tanto “nombreo” me resulta pedantería carpetovetónica.

En fin, tanto Savater como Cercas se han retratado con sus artículos y han acabado confirmando, de forma bastante aparatosa, algunas de las tesis que defendí en La desfachatez intelectual. Ambos confunden la crítica con el ataque y se muestran incapaces de intercambiar razones, quedándose en el sarcasmo y el insulto. Soy un “cochino” y un “tonto culto”. Esto es lo que da de sí el debate. 

InfoLibre  DdA, XIII/3326

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