domingo, 19 de junio de 2016

EL OMBLIGO ES EL CENTRO


Antonio Aramayona

En su minúscula celda en la que apenas entraba la luz, de rodillas y sentado sobre sus tobillos, con los ojos semicerrados, aquel monje intentaba cada día, cada momento del día, hallar la paz interior que le permitiera atisbar la unión con su dios y sentirse en armonía con la creación. Formaba parte del grupo de los hesicastas, tan admirados por unos como denostados por otros dentro de la iglesia oriental cristiana. A aquel monje sus maestros le habían aconsejado máxima concentración a fin de aumentar su fervor, y para eso recitaba, incansable, una breve jaculatoria al ritmo de su propia respiración y, la cabeza reclinada sobre su pecho, sin apartar la vista de su ombligo.

Hacia la contemplación divina a través de la contemplación del ombligo. Los monjes hesicastas establecieron así una vía que otros muchos copiaron, si bien no ya buscando alguna suerte de divinidad, sino la fama, el dinero a espuertas, el fornicio universal, el poder sobre todas las cosas y todos sus súbditos. Llevaban a cabo, pues, la onfaloscopia (del griego ónfalos, ombligo, y skopia, mirar) o el arte de llegar a creer que el centro del universo es el propio ombligo o –dicho de otro modo- que el universo entero gira (o debería girar) alrededor del propio ombligo.

El cosmos onfaloscópico consta entonces de una serie de periferias sin mayor relevancia que su mayor o menor proximidad a uno mismo, pues solo el entorno próximo donde uno vive constituye el centro neurálgico del mundo. Nuestra mirada fija los contornos del mundo real y las fronteras con lo desconocido o lo insignificante. Nuestra mirada nos hace protagonistas (protos, principal, agonistés, actor, luchador), baricentros del universo. Nada tiene, pues, de extraño que nos creamos situados también en el centro mismo de las posibles posiciones políticas, capaces de contemplar, interpretar y encarnar las más auténticas  perspectivas sensatas de la humanidad.

Somos el centro. El valor del centro. Vote centro. Los lemas electorales han ido desparramándose sobre nuestros cabezas, prometiendo la solución única y verdadera, el mensaje salvífico universal del centro. El universo de Parménides era esférico, inmutable, solo lleno de sí mismo, de ser, sin centro y sin periferias:  todo ser, todo centro, todo quietud. El universo de Euclides, sin embargo, está lleno de centros que manifiestan el equilibrio y la armonía de las formas y de los cuerpos. El mundo solo es cambio continuo en el mundo aparente de lo material, corrigió Platón, pero es inmóvil en el mundo verdadero, cuyo centro y cúspide es el Bien y la Bondad. La Tierra es el centro del universo, alrededor de la cual giran las estrellas y los planetas, decidió Ptolomeo. Y una pléyade de perezosos repitieron sus tesis a lo largo de muchos siglos como se si tratase de mantras. Centro. Inmovilidad. Ombligo. Onfaloscopia.

Hasta Copérnico. Hasta Newton. Hasta Einstein. Hasta Hubble. Hasta sabernos viajando en un pequeño planeta a unos 30 kilómetros por segundo alrededor de una estrella mediana que morirá en unos 7.500 millones de años, una estrella más entre los 200.000 y 400.000 millones de estrellas que contiene la galaxia de la que forma parte, una galaxia más entre las cien mil millones de galaxias que forman el universo observable.  Antes del principio era el Big Bang. Y aproximadamente 10-35 segundos del inicio se esfumó cualquier centro.

El centro… El monje hesicasta indica un camino: el ombligo, no cualquier ombligo, sino el propio, que conduce hacia la quieta fusión con el dios en que se creyere. Encarnación Ferré nos recuerda en su libro “Viaje de la prosa al verso. Poema de invierno (Erial ediciones, 2016) que “el mejor y más feliz de los humanos debería ser ese que llevamos por dentro”: el mundo a través del otro lado del espejo de cada mirada. Una casa interior, íntima, profunda, que no gusta de disfraces, donde el ombligo está a años-luz de distancia. “Cuida el exterior tanto como el interior, porque todo es uno”, recomienda Buda. “Lo que alguien lleva en sí mismo es lo más esencial para su dicha”, afirma Schopenhauer. El centro, cualquier centro, se diluye en el océano interior de cada persona, donde se hallan el equilibrio y la armonía.

No otra cosa enseña magistralmente desde la sensatez Aristóteles (Ética a Nicómaco, libro II, capítulo 6): hay otro centro que nos lleva a la relativa felicidad de que es capaz el ser humano: el término medio, la mesura (to méson). ¿Cómo obrar bien? ¿Cómo hacer para que un ser humano sea bueno y cabal? Un ser humano se va haciendo cada más humano en la medida en que sus actos van cristalizando en su propio ser, formando parte de sí mismo. Sin embargo, continúa Aristóteles, no se trata de una acumulación aritmética de actos buenos ni de un cálculo ponderado entre los extremos por exceso y por defecto a fin de hallar el término medio. Si convenimos que diez es mucho y dos poco, seis es el término medio aritmético, pero eso no es aplicable, por ejemplo, a una obra de arte y mucho menos al ámbito de la política y de la ética. En todos los ámbitos en que el pathos humano dirime, decide y actúa no es fácil hallar el centro, el término medio, pues en todo ello se incurre en un posible defecto o en un posible exceso. De una forma generalizada, podemos determinar racionalmente cuál es el término medio, por ejemplo, en el comer, beber, arriesgarse en algo o el trasnochar. Pero si analizamos cada caso concreto de cada momento de cada ser humano solo la prudencia y la sensata ponderación podrán calibrar dónde estriba en cada caso ese centro, ese término medio.

Sin embargo, en cuanto se enciende la primera lucecilla de conciencia en nuestras mentes, ya estamos metidos en una “macro-cinta-transportadora” que nos lleva por las autovías de nuestra cultura, nuestra sociedad y nuestros reglamentos, y que solemos llamar “sistema” (adornado con algunos calificativos políticamente correctos: “democrático”, “de libertades”, “de mercado”, “de bienestar”, etc.). Fuera del sistema, no solo no hay salvación, sino que ni siquiera existe el mundo (salvo el submundo, el subterráneo, el OtroMundo, como dice Martín Caparrós, que aparece en nuestras pantallas solo cuando ocurre alguna catástrofe). El centro es el sistema. El centro verdadero. El único centro verdadero.

En efecto, el discurso políticamente correcto declara que fuera del sistema solo hay caos y por eso repite también que quien se opone al sistema no muestra otro sistema nuevo, sino que es simplemente un “antisistema”, un des-centrado (RAE: descentrado: “que se encuentra fuera del estado o lugar de su natural asiento y acomodo. Desorientado, disperso, desequilibrado”. Sin centro, en fin).

800-900 millones de personas pasan hambre cada día, cada 5 segundos un niño menor de 10 años muere de hambre, la agricultura mundial podría alimentar en la actualidad a 12.000 millones de personas (el doble de la población mundial actual), cada día se mueren 25.000 personas por causas relacionados con el hambre, cada medio minuto mueren de hambre entre 8 y 10 personas… El centro es el sistema. Y en el centro de ese centro, el hambre. Y en Babia, nuestra nesciencia culposa.

Escucho la silenciosa marcha circular (círculo vicioso) de la macro-cinta- transportadora, la triunfante fanfarria de los medios adictos al sistema, el llanto del niño que se consume poco antes de morir, el silencio de los hambrientos ya muertos, sobre todo el de todos esos muertos que han muerto mientras yo he estado escribiendo este artículo sobre el centro.

Centro: “Punto o lugar que está en medio, más o menos equidistante de los límites o extremos”.

A punto estoy de guardar y archivar este artículo, cuando en el centro mismo de mi neocórtex  retumba una voz que dice: “Yo conozco tus obras, que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3,16).

Y los 100.000 millones de neuronas de mi cerebro, desoladas y avergonzadas, lloran sin consuelo, buscando la maldita quimera del centro.

                                          DdA, XIII/3299                                      


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