lunes, 16 de mayo de 2016

LA VERDAD ANTROPOLÓGICA


Jaime Richart

Sócrates pasó su vida buscando "la verdad". Pero al parecer no la encontró. O quizá sí. Pero fue, absurdamente, en las leyes del Estado que le habían condenado a tomar la cicuta por impie­dad y por haber pervertido a la juventud con su ense­ñanza. Ese, al menos, fue el veredicto. Pues esa adhesión a las leyes del Estado declinando la ayuda que sus amigos y carcele­ros le ofrecían para evitar la pena, no pudo ser si no "la ver­dad", su verdad, que con tanto afán buscaba. Así es cómo la grandeza y pureza de intenciones del hombre indagador de la verdad por excelen­cia, cumplía con el trágico designio de la convicción bajo el peso de su propia co­herencia. Pero 2.415 años después (su muerte fue en 399 a. de C), frente a aquella loa­ble ac­titud, visto lo visto en la vida, pensado lo pen­sado, inda­gado lo indagado por mi cuenta y riesgo, ya puedo decir: ¡qué inútil es­fuerzo y qué tiempo per­dido en buscar una ilusiónlo fruto del entramado artifi­cioso de la Lógica! El que los se­res huma­nos, para la antropología filosófica, prefieran la ver­dad a la false­dad, al error o a la mentira, y la certeza a la duda, no es debido al natural estado de las cosas sino al enredo, a la so­fisticación y a la elaboración de lo que se llama axio­logía. Pues en la Naturaleza no hay errores ni aciertos.

Desde luego a Sócrates no se le ocurrió que el lenguaje es una manufac­tura de los hombres; que desde el gruñido al lenguaje articu­lado sólo tuvo que haber un paso. Y otro paso desde el len­guaje arti­culado hasta el lenguaje abstracto donde supuesta­mente se en­cuentra la verdad. Por lo que, discerniendo con ri­gor, no existe la verdad tal como se entiende.

Porque cuando hablamos de la verdad, no nos referimos a la evi­dencia visual (que aun así también puede ser tramposa): se de­rrumba una casa, ésa es "la verdad"; un maremoto se traga una ciudad, ésa es "la verdad"; nuestra pareja nos es infiel, ésa es "la verdad"...). No. Cuando hablamos de “la verdad” nos refe­rimos a las verdades discursivas de las abstracciones princi­pales: dios, justicia, pa­tria, ética, hipocresía, cinismo, lealtad, honradez, honestidad, coherencia… y con los hechos so­ciales o perso­nales, generalmente vidriosos, y a sus causas cu­yas conclu­siones pertenecen mucho más a la autosugestión, a la vo­luntad y de la intención, sean personales o colectivas, que pro­piamente a la convicción o a la certeza.

Así es que no me empeño, como se empeñó Sócrates...

Así es que como obrero de mis pensamientos y construc­tor de mi lenguaje que soy, "mi verdad" (por otra parte, tan vieja co­mo la de quienes afirman otras cosas y en todo caso lo contra­rio) es que vivi­mos en un mundo de ilusiones y de construc­cio­nes mentales muy posterior a aquel anterior en el que todavía no se habían elaborado ni el lenguaje ni el pensa­miento abs­tracto; ése en el que el individuo primero se había re­conocido a sí mismo como algo diferente del objeto que obser­vaba y luego empieza a po­ner nombre a las cosas que maneja. Es entonces, des­pués de esos dos momentos, cuando irrum­pen el lenguaje y el pensa­miento abstracto, y de su mano la no­ción de transcenden­cia, de mito y de dios, y cuando a un tiempo se ins­talan los conceptos de verdad, conjetura y duda. Y es desde en­tonces cuando "la ver­dad" es, lo que decide el jefe de cada clan y luego el de cada tribu... y así, sucesivamente, hasta llegar a lo conve­nido por grandes minorías.

Sin embargo, ésta última no es "la verdad" que buscaba Sócra­tes. Sócra­tes pretende descubrir lo que está fuera de ese en­tramado y más allá de la precisión que la propia Lógica pre­tende. Pero enton­ces eso no existe por sí mismo ni como cosa en sí. Por ello y por loable que fuese su propósito, Sócrates no la en­contró hasta dar con el hecho de su propia y voluntaria muerte. Lo mismo que Heráclito, ese filósofo griego que vivió en 544 a.dC, que sostenía que todo fluye, que una persona no podía ba­ñarse dos veces en el mismo río y que la virtud con­siste en la subordinación del individuo a las leyes de una ar­monía razona­ble y universal, no la encontró hasta que -según se dice- se arrojó al cráter de un volcán para comprobar por sí mismo la certidumbre de sus propias teorías.

No conduce a nada pues, ir al encuentro de "la verdad", esa clase de verdad a la que me refiero. Existen sólo reflejos de "la verdad", sombras, como las de la caverna platónica; todo lo más, aproximaciones a la verdad, tanto en la vida pública como en el ansia por desentrañar la transcenden­cia. De la verdad sólo vale lo que no interesa: el hecho desnudo, no con sus causas. Salvo que, como antes dije, por “verdad” tengamos al consenso de concilios, academias, institu­tos, Estados y fuerzas vivas o en la sombra a lo largo de los tiempos, a lo largo de los anchos es­pacios que distinguimos en este planeta y a lo largo de tan nume­rosas y tan variadas y diferentes culturas.

                                    DdA, XIII/3269                                        

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