martes, 26 de abril de 2016

CICATRICES

Antonio Aramayona

Hoy he visto un interesante video que mi hija Bego ha colgado en Facebook. Va de cicatrices bellas, va de valoración de las cicatrices, del Kintsugi, el arte que nos permite admirar la belleza que hay en las cicatrices.

Acudo a Wikipedia, busco Kintsugi: término japonés, que literalmente significa “carpintería de oro”, “reparación de oro”, es el arte japonés de arreglar fracturas o roturas de la cerámica con barniz de espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino. El Kintsugi tiene como base la idea de que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse, de tal forma que el objeto, así reparado, queda embellecido al quedar de manifiesto su “biografía”, su historia. De esa manera se da el caso de que antiguas piezas reparadas mediante este método sean más valoradas que piezas que nunca se rompieron. 


Y a renglón seguido pienso en el principio de obsolescencia dominante en el Occidente rico y consumista: retirar algo al rincón de los objetos inútiles o cambiarlo por otro nuevo no por un mal funcionamiento del mismo, sino por haber salido al mercado otro objeto nuevo considerado mejor o simplemente porque el fabricante ha calculado el tiempo en que dicho objeto dejará de funcionar bien. En el Occidente rico se huye de las cicatrices, de las arrugas, de lo viejo, y se presume de estar al día de todo lo nuevo, de comprarlo, de ostentarlo. Antes el anciano era valorado por su sabiduría, pero hoy se asocia no pocas veces con el pago de las pensiones o con la carga que supone su cuidado.

Personalmente, estoy lleno de cicatrices. Mi cuerpo está recorrido por las cicatrices producidas en los quirófanos y las salas de curas. Piernas, manos, vientre, tórax, cara… Cicatrices que viven sin rechazo conmigo. Soy también esas cicatrices. Forman parte de mi biografía. Mi alma también tiene cicatrices, que a veces duelen mucho al asomar en la superficie de la memoria. Tampoco las puedo borrar; muy al contrario, su dolor se acrecienta a medida que pretendo volverlas a sumergir en el fondo del olvido momentáneo.

Veo en algunas farmacias que ofrecen productos anti-edad, antiarrugas. En cierto sentido, también anti- o fuera de uno mismo. Es en cierto modo una huida, una alienación de uno mismo, una no aceptación de lo que se es, de lo que se ha sido. Cada cicatriz del cuerpo o del alma es un capítulo de un libro único, real, personal, exclusivamente propio.
 
Un “te quiero” debería incluir las cicatrices de la persona querida. Presupone, en términos de un planteamiento sano, un “me quiero” (= tal como soy, lo que soy, lo que no soy, lo que no quisiera ser y lo que deseo ser, mis cicatrices y mis arrugas del cuerpo y del alma). ¿Cómo me van a querer de verdad si no me quiero realmente a mí mismo?
DdA, XIII/3259

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