miércoles, 13 de enero de 2016

CLAUDICACIÓN DE LA CUP Y GOBIERNO DE LA DERECHA EN CATALUÑA

 ¿Cómo se puede aguantar en una negociación en la que te digan que un israelita vale por diez palestinos sin levantarte de la mesa y nombrarle la familia a quien tal disparate dijo?

Pedro Luis Angosto

A lo largo de casi cuatro décadas de democracia borbónica han sido muchos los pactos, trasiegos y transacciones firmados por partidos que nada tenían que ver entre sí, unas veces bajo el paraguas de la gobernabilidad, otras por lo delicado de una coyuntura, las más de las veces para la consolidación del “modus vivendi”. Es cierto que a menudo los pactos son necesarios para salvar escollos de gran calibre que supongan amenaza de catástrofe inminente, pero difícilmente se pueden justificar determinados acuerdos que obligan contra las propias ideas. Cuando en 1977 el Partido Comunista de España –al que tantísimo debemos por su lucha contra la dictadura- firmó los Pactos de la Moncloa en una situación gravísima en todos los aspectos, se sumó a quienes defendían medidas políticas y económicas de derechas en aras de la “gobernabilidad”, esperando que su sacrificio fuese entendido después por los electores con la recompensa del voto. No fue así, y en las sucesivas elecciones el Partido Comunista se fue diluyendo entre las disensiones internas provocadas por un exceso de pragmatismo que dejó huérfanos a muchos de sus seguidores. ¿Qué decir del Partido Socialista Obrero Español también firmante de aquellos pactos, promotor de la reconversión industrial y de la entrada en la OTAN? Al contrario que las derechas –que conservan en su seno lo más reaccionario, incluso con orgullo las páginas más abyectas de su historia-, las izquierdas siempre que han pactado con sus enemigos se han dejado jirones de su ideología y de su historia, adaptándose de forma camaleónica a parte del ideario contrario, aceptando como suyas propuestas que socavaban el futuro del grupo aunque no el del individuo o líder. De ese modo, las izquierdas, quizá en un principio con buena intención, había que arrimar el hombro para los nuevos tiempos, fueron perdiendo militancia hasta dejar de ser partidos de masas y convertirse en organizaciones de cuadros más o menos preparados en cuyas bases ya no quedaba nadie para presionar sino grupos de nostálgicos que se reunían de vez en cuando para recordar tiempos pasados y que decían sí a cualquier nueva vuelta de tuerca emitida como consigna desde el Comité Federal o Central, llegando al momento actual en que, ante la carencia de vivero propio, se habla de fichajes como si de un equipo de fútbol se tratase.
Lo ocurrido la semana pasada con las CUP no es más que otro penoso capítulo a añadir al grotesco sainete en que se ha convertido la política española de los últimos tiempos, al menos desde que José María Aznar consiguió, por increíble que parezca, la mayoría absoluta. Es más, estoy convencido de que todo lo que está ocurriendo en Catalunya desde que el Partido Popular le declaró el boicot –igual que a todos los cambios positivos nacidos de los primeros años de Zapatero-, no es más que una representación excelsa de una tragicomedia de corte y espada en la más pura tradición castiza. Un señor que se llevaba el dinero fuera de Cataluña y de España por su origen oscuro y para no pagar impuestos, moldea a su imagen y semejanza al país que gobernó durante más de veinte años utilizando para ellos todos los medios a su alcance. Al irse nombra sustituto, la crisis de agudiza mientras los escándalos de corrupción se generalizan en todo el país sin que ninguno de los principales artífices haya pisado todavía la cárcel. Tras varias elecciones consecutivas en las que los convocantes no obtienen el resultado que presumían se llega a las de Septiembre de 2015 celebradas tras la gran manifestación independentista de Barcelona sin que tampoco la cosa salga bien. El jefe de las CUP, Antonio Baños, declara que no hay mayoría para la independencia y que no apoyarán a Mas. Inician negociaciones, nada ha cambiado, los corruptos siguen viviendo del cuento, los que se llevaron el dinero que no era suyo continúan teniéndolo, los pobres cada día más pobres, las privatizaciones de Boi Ruiz sin novedad y las listas de espera en los hospitales públicos a más, hasta llegar ayer día once de enero a cerrar las urgencias del Hospital Valle D’Ebron por colapso, por imposibilidad de asistir a los enfermos. Un modelo de gestión. Todo parece claro, aunque el empate de Sabadell levanta algunas dudas. Las partes se reúnen en último intento, y tras horas y horas de debate, o lo que fuese, el sábado 9 de enero  llegan a un acuerdo en el último minuto, pero no a un acuerdo cualquiera sino a uno que supone la mayor humillación que haya aceptado ninguna organización a la hora de firmar un pacto, un pacto que no es tal sino una rendición incondicional en el altar de la Patria Catalana, algo que, como la Patria Española, siempre será de derechas. Mediante ese Tratado de Versalles, las CUP logran sustituir a Artur Mas por Artur Mas II en la persona de Carles Puigdemont, y a cambio entrega los diputados que sean menester para la investidura, pide perdón por haber sido coherentes con sus ideas, prometen propósito de enmienda y aceptan hacer una depuración en sus filas. De tal modo qué, cautivas y desarmadas las CUP –en las que muchos de fuera de Catalunya teníamos depositadas muchas esperanzas-, se entrega el futuro del país a la derecha neo-conservadora que ha robado, evadido impuestos, prevaricado y saqueado las arcas públicas en beneficio propio. ¿Y todo ello por qué? ¿Por qué un partido con raíces municipalistas que estaba construyéndose poco a poco desde la nada decide suicidarse de forma tan vergonzosa? ¿Por qué un partido anticapitalista decide entregarse a los más fieros representantes del capitalismo, a quienes han recortado, reprimido y privatizado hasta la extenuación? ¿Cómo se puede aguantar en una negociación que te digan que un israelita vale por diez palestinos sin levantarte de la mesa y nombrarle la familia a quien tal disparate dijo? Sólo hay una explicación: el patriotismo, que como bien dijo el Dr. Johnson “es el último refugio de los canallas”, la ceguera de la que tan bien nos habló José Saramago. La claudicación de las CUP ha tenido la maravillosa virtud de resucitar a dos cadáveres políticos que se habían ganado tal condición a pulso, Artur Mas y Mariano Rajoy. Quizá piensen eso tan terrible de cuanto peor, mejor, me temo que no, pero en cualquier caso han contribuido de modo felicísimo a reforzar a las derechas en todo el Estado. ¡¡Hip, hip, hurra!!!

DdA, XII/3183

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