viernes, 25 de diciembre de 2015

MÁS DE 200 SIN TECHO CENAN EN EL PALACIO DE CIBELES

Uno de los comensales estrecha la mano de la alcaldesa
 
Manuela Carmena fue vitoreada cuando llegó y no dudó en sacarse decenas de fotos con los invitados

 La noticia se merecía un buen cronista y el diario El País lo tuvo, tal como acabamos de comprobar en su edición electrónica de hoy, sin que este Lazarillo sepa del currículum y experiencia del firmante. Hay que felicitarlo por eso y porque el género tiene en ocasiones oportunidades tan próximas y enjundiosas de lo que en el oficio se llama interés humano como la que se le ha presentado a Casteleiro García, y hay que apovecharlas. Lo ha hecho sin ninguna duda.

Rodrigo Casteleiro

Antes de declararse a Sonia, Manuel se lo estuvo pensando un mes. No se atrevía. Para él, ella era demasiado guapa y demasiado alta, cuenta. Pero al final le echó valor y medio en broma, medio serio se lo dijo: “Oye, que me gustas desde que te conocí”. Al oírle, Sonia le miró muy seria y le pidió el currículum. “Lo que esta empresa busca”, le especificó, “es un hombre que me haga reír, que sea buena persona y trabajador”. Manuel esta vez no se lo pensó y la invitó a cenar. Nada más y nada menos que en el patio acristalado del palacio de Cibeles. Ayer esta pareja de 44, él, y 42, ella, tuvo su primera cita tras conocerse en la cola del desayuno de la parroquia de San Antón. Y si la cosa no ha acabado en boda, aún, es porque no sonó un vals. Porque cura había. Y orquesta y un menú que hizo las delicias de los 220 comensales; la mayoría de ellos sin techo o en situación de riesgo de pobreza o exclusión social. En una Nochebuena, sin duda, para recordar, el Ayuntamiento de Madrid cedió sus instalaciones a Mensajeros de la Paz, la fundación que preside el padre Ángel. Y unos y otros se dieron cita con sus mejores galas. Hubo fotos, palmas, algún que otro baile y mucho tupper hasta arriba de cordero. Todo gratuito.
“El Papa Francisco lo hizo el año pasado en Roma y yo quería hacerlo aquí, en Madrid. Y ahora estoy flotando. Se ha cumplido mi sueño. Echa un vistazo”, sugería el padre Ángel a la entrada. “Pero, ¿quién se casa, padre?”, le preguntaba uno de los asistentes nada más cruzar la puerta del Ayuntamiento totalmente asombrado. Frente a él, 22 mesas engalanadas con su botella de champán -sin alcohol- en el centro y velas y flores. Y para abrir boca, pan y mantequilla. “No comas tanto que todavía falta lo bueno”, le recordaba Óscar a Jacobo; menos habladores. Y no le faltaba razón. Aún quedaba por llegar la sopa de marisco. La ración de ocho langostinos a dos salsas. Y el plato estrella. A elegir: o paletilla de cordero con patatas panaderas o dorada al horno. O qué narices. Ambas. Y con posibilidad de repetir. Que se lo digan si no a Omar Ruiz, un trotamundos de 51 años que se llenó a sí mismo y también dos recipientes. Para cuando llegó el postre, flan con nata, estaba ya demasiado lleno. Pero ninguno de los asistentes se quedó con hambre. “Te digo una cosa”, se sinceraba casi a mitad del convite, “habré recorrido fácilmente 114.000 kilómetros con mi bici vendiendo pulseras por todo el mundo. Pues nunca, nunca he visto una cosa semejante en ninguna ciudad. Lo que ha pasado aquí hoy es algo maravilloso”.

Para llevar a cabo esta experiencia pionera en Madrid hizo falta la suma de muchas voluntades: la del Ayuntamiento de Manuela Carmena (Ahora Madrid), que fue vitoreada cuando llegó y no dudó en sacarse decenas de fotos con los invitados; la voluntad del Padre Ángel de llevar la Nochebuena hasta el último plato; la de la empresa de catering Lecaser y su legión de 20 voluntarios que dejaron su cena enfriando en casa; la voluntad también de decenas de cocineros, llegados de toda España, que se pusieron a los fogones desde las ocho de la mañana; la del colegio mayor Marqués de la Ensenada que cedió su cocina para estos pudieran preparar unas 250 raciones; o la predisposición del sargento de policía municipal Paco Sánchez y el agente José Plaza, de 57 y 68 años, que se encargaron de echar un vistazo aunque no hubiera ningún incidente. Sin olvidar a Alberto Torres, Javier Vaquero y Sergio Rojas. Los músicos del programa Qué tiempo tan feliz, de 21, 27 y 26 años. Que tocaron durante más de dos horas con una sonrisa y aceptando todos los bises.



En una mesa, Violeta tarareaba La chica de ayer. Apenas había probado bocado porque anda fastidiada de los riñones: “Es que patearte la ciudad cargando con la mochila no veas la fatiga que da”. Pero ayer no había quien la parara. Se las sabía todas. Déjame, Entre dos tierras, Esos ojos negros... “Yo no tengo vergüenza de ”, presumía esta mujer de 45 años y con los ojos tan negros como la protagonista de la canción de Duncan Dhu. Acostumbrada a servir a los demás, como temporera en hoteles, ahora disfrutaba del bufé como clienta. Con el pelo recogido y las uñas pintadas. “Pero no te creas que esto me hace mucha gracia. Yo lo que quiero es volver a trabajar”. Mientras cambia su suerte, duerme en la iglesia de San Antón del padre Ángel. Fue ahí donde se enteró del convite. Y donde recogió su invitación personal e intransferible. A su nombre. Y con una prenda de un ropero y de otro, explica, se hizo un traje a medida. Tan elegante como una estrella de cine. “La que vale, vale. Y fíjate que no puedo comer apenas nada, pero vienes aquí y te olvidas y te lo pasas bien”.

Para entonces, casi al final de la velada, María José Martínez, de 72 años, se había olvidado también del móvil y de la bronca que había tenido con sus hijos por no cenar con ellos. “Esto es más divertido”, describía de punta en blanco. Con un vestido azul celeste y un collar de perlas. “Mira, yo he trabajado toda mi vida como limpiadora. Me ha quedado una pensión de 380 euros y aunque vivo en un piso de la Comunidad, pago unos 117 euros de agua, teléfono, calefacción. Bastante tengo ya como para encima no hacer lo que quiero a mis años”. A su lado, Pedro Manuel Chica, de 57, asentía. "Aquí nos conocemos todos de la parroquia [de San Antón]. De ir a desayunar o a merendar. Yo era agente de seguros, fíjate. Pero me quedé en el paro, me divorcié. Y ahora sobrevivo en un piso compartido cobrando 426 euros de renta mínima. ¿Este traje? Pues mira, tiene su miga. La última vez que me lo puse fue en la boda de mi hijo Pedro, hace cinco años. Cuando todo me iba bien. Para que veas que a cualquiera le puse pasar lo que a mí”. Pedro no va desencaminado. Según el último recuento realizado por el Consistorio, en Madrid hay 1.905 personas sin hogar; 764 duermen al raso y el resto, 1.141, en algún albergue municipal o en algún centro de alguna ONG.

Francisco Angeli pasó, precisamente, la Nochebuena de 2014 en la calle. Huérfano desde los ocho años, este chaval de 25 vivió en un piso de acogida en su Soria natal hasta que con 18 años le dijeron que tenía que buscarse la vida. “Es decir, me echaron a la puta calle, hablando claro”. Se vino a Madrid y estuvo un año durmiendo frente al Ministerio del Interior, en pleno paseo de la Castellana. Le rescató una amiga, “a la que se lo debo todo”. Se fue a vivir con ella y hace una semana firmó un contrato para trabajar de conserje. “Estoy que no me lo creo”, exhalaba con una sonrisa. Ayer, huelga decirlo, gastó todas las reservas de Champín [el champán sin alcohol que sirvieron]. Como Manuel y Sonia, la no pareja, todavía, que a última hora de su cita se hacían ya ojitos en la mesa. “La verdad que te acercas bastante a lo que busco”, le decía esta exvigilante ya menos seria. De fondo sonaba Imagine, de John Lennon. Aunque ayer, en el palacio de Cibeles, no hizo falta imaginarse nada.

El País  DdA, XII/3168

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