jueves, 3 de diciembre de 2015

ATENCIÓN E INTELIGENCIA: REFLEXIONES PARA GENTE MAYOR


 
El genio inte­lectual Goethe que, ya canciller de la República de Weimar, tiene la ocurrencia de "preferir la injusticia al desorden" no se per­cata (o prefiere ignorar) de que no hay mayor desorden que el que provoca la injusticia
Jaime Richart

 La verdad es que me planteo si merecerá la pena este análisis, y so­bre todo si es oportuno en unos momentos en que el país y el mundo giran a demasiadas revoluciones por segundo como para detenerse el observador en la minucia. Pero cada cual se desahoga a su manera. Y la mía, desde luego, es trasladar a la es­critura lo que pienso de cada asunto que me viene a la mente por insignifi­cante que sea...

 El caso es que la época que nos ha tocado vivir, da para mu­cho. Diríase que vivimos simultáneamente varias vidas en pla­nos distin­tos de la consciencia (que es, reconocerse uno a sí mismo y a su entorno y reflexionar sobre ello), a menudo a ex­pensas de la conciencia (que atiende a la distinción entre el bien y el mal). Así, con independencia de los hechos sociales convulsos a que esta­mos asistiendo (mucho más confusos de lo que los dirigentes y los periodistas quieren hacernos ver), en cuanto a los registros psicoló­gicos relacionados con "la máquina" vivimos paralela­mente sumidos también en bastante confusión, pues la lógica tradi­cional se ha alterado de una ma­nera significativa arrollada por la "lógica" informática. Y espe­cialmente la lógica jurídica; ésa que acusamos mucho más quie­nes estamos familiarizados con ella en cuanto a superestruc­tura, pues salvo la presunción de inocencia (y ya verán nuestros nietos cuánto dura, pues acabará siendo despla­zada por la presunción de culpabilidad ante una imputa­ción), en la llamada jurisdicción voluntaria (contratación) la posi­ción de las partes contratantes se ha invertido respecto al Derecho precedente, de manera que no hacemos más que firmar y acep­tar lo que, técnicamente se llaman contratos de adhesión. Es de­cir, por esta vía, el ciudadano se ha convertido en un pelele en manos de multinacionales tras no ser mucho más autónomo respecto a la banca, al Estado y a todas las instituciones...

 Pero resulta que quien trate de evitar a la máquina (pues tam­bién es su opción) viviendo solo en el plano de la época ante­rior a las nuevas tecnologías, lo más probable es que viva dema­siado ale­jado de la realidad de nuestra época, y ello sin evitar por ello más confusión que, al menos a quienes tenemos ya una edad, pueda pro­ducirnos el contacto con esa dimensión de hechuras gicas.

 Aún así, como toda adaptación a lo nuevo, el contacto va por fa­ses más o menos inconscientes. Se observa que es frecuente en las edades más avanzadas, primero resistencia al móvil y a internet, luego resistencia a algunas de sus aplicaciones más úti­les y luego, una vez aceptadas, resistencia a ciertas modalida­des de uso de algu­nas de  las aplicaciones. Pero poco a poco y más pronto que tarde, no hay quien no acabe atrapado por la nueva esfera mental ligada a las sucesivas utilidades que nos ofrece la tecnología y por las circunvalaciones que en ella hay que recorrer y sortear. Y eso produce múltiples efectos en la percepción del vivir cotidiano, en el comportamiento perso­nal y en las relaciones interpersonales y sociales, obligándonos a menudo a reordenar el hacer y el que­hacer hasta ayer acostum­brados. En realidad siempre ha sido así a medida que surgen inventos, nuevas tecnologías y más civilidad. Pero la vertiginosa acumulación de posibilidades que nos brindan las condiciones de la modernidad y la necesidad de combinar el ma­nejo de todo eso con el "viejo" desenvolvimiento personal (que pese a la renuencia y el temor eventual inicial, acaba imponién­dose en nuestra vida cotidiana), marcan la distancia entre la época actual y las pasadas. Pues el hecho fenomenológico afecta a mu­chas cosas y de él se derivan diversos efectos. Usar o no el móvil y las tabletas, la internet y, dentro de ella, usar o no el correo electrónico y las redes sociales, tantear la manera de manejarlos; ver la televisión de forma pasiva, o simultanear la atención pres­tada a ella con la prestada al celular o a la tableta, etc, etc, todo, re­quieren decisiones personales que configuran la vida ordinaria y social en tres dimensiones: la real, la onírica y la virtual. Evidente­mente algo bien distinto de lo registrado hasta ayer...

  La atención y la inteligencia
 De momento se ve palpablemente que la atención,  cualidad y mo­tor de la inteligencia, por motivos varios (concretos unas ve­ces, indeterminados, otras) está llamada a perder gran parte del es­pacio que corresponde a otras capacidades del sistema nervioso. La atención se dispersa fácilmente como consecuencia del apego, aun involuntario, al artefacto y a sus usos. En poco tiempo todos nos hemos convertido en una suerte de empresario o de estudioso agobiados por responsabilidades; coartados o interrumpidos fre­cuentemente en su deseo de concentrarse en un determinado propó­sito o en una idea, por reclamos casi siempre intrascenden­tes- de la tecnología, que perturban la atención indispensable para dar sólida respuesta a un asunto quizá de envergadura. No impor­tan las precauciones y medidas adoptadas. Lo más probable es que estando nuestros datos personales a disposición del mundo en­tero (pese a la protección que se nos vende), por más que no que­ramos responder a una llamada, acabamos activando la res­puesta al igual que Ulises no pudo evitar oír a Circe...

 Desde el punto de vista de la psicología, en la que como en todas las disciplinas hay discrepancias, se denomina concentración a la inhibición de la información irrelevante y la focalización de la in­formación relevante, con mantenimiento de ésta por periodos prolongados. Y la psicología más académica y con independencia de la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner (que yo abrazo), relaciona atención e inteligencia; entendida ésta como "la mayor o menor capacidad para resolver problemas prestando atención simultánea a dos o más objetos". De modo que según esta teoría, la capacidad del individuo de reorientar su atención con cierta rapidez (oscilación de la atención) y de atender a más de un estímulo a la vez (distribución de la atención) pueden ser con­siderados como componentes importantes de la inteligencia. Y a menudo, a eso se llama propiamente "inteligencia"; esto es y según esa teoría, quien es capaz de resolver uno o más problemas prestando atención simultánea a dos o más objetos.

 Sin embargo, yo pongo en cuestión que eso es inteligencia. Y lo pongo en cuestión, porque la importancia, el nivel y la categoría del "ser inteligente" dependen de muchos otros factores. El princi­pal, a mi juicio, hay que situarlo en la mentalidad o concepción glo­bal del todo en un periodo de tiempo o época determinados a los que pertenece y en los que vive un individuo, contempladas desde la mentalidad y concepción global del todo por el individuo que los analiza y valora tiempo después. Quiero decir que (prescin­diendo del genio) un individuo de otro tiempo sería "poco" inteligente en relación a un individuo común de hoy día cuya inteligencia esté dotada de una mayor capacidad para reali­zar tareas simultáneas o encontrar soluciones para múltiples pro­blemas al mismo tiempo. Y esto es una simplificación a mi juicio inadmisible, pues significa relacionar nivel de inteligencia y efica­cia en función de la solución lograda sobre la marcha prescin­diendo de las consecuencias, unas veces inmediatas y otras diferi­das, de una presunta inteligente decisión. En los tiempos actuales, afectados poderosamente por la impaciencia y por la ansiedad que centrifugan a la sociedad, valores eternos para calibrar la inteligen­cia de una persona aparte del ingenio y del entendi­miento: serenidad, prudencia o ponderación, apenas tienen relevan­cia en la mentalidad preponderante de la postmodernidad. Es más, incluso podría decirse que son un estorbo o incluso son in­compatibles con ella. Y esto vale tanto para catalogar al médico, al abogado, al periodista, al arquitecto, al político, al gobernante o a nuestro vecino. Se mide la inteligencia en tanto que capacidad para soluciones, hoy y ahora; como si no hubiese tiempo ni oca­sión para pensarlas como no sea casi a la velocidad de la luz y sean cuales fueren las consecuencias para mañana o para las genera­ciones venideras. Así se considera y así se defiende dicha valoración de la inteligencia en escuelas, en universidades y en ge­neral en "el sistema".

 Las pruebas
 El caso más dramáticamente escandaloso lo tenemos ahora en­cima. Me refiero al desprecio del poder político, económico, banca­rio y empresarial de todos los países, hacia los efectos desas­trosos de los gases arrojados a la biosfera. Algo que no res­ponde a falta de "capacidad para resolver problemas prestando aten­ción simultánea a dos o más objetos", sino al eterno egoísmo trasnochado de individuos, clanes, familias y grupos humanos con­cretos con intereses entrelazados y ambiciosos, consentidos por otros pusilánimes (no en vano decía Einstein que los males del mundo no son debidos a la perversidad, sino a quienes la con­sienten). Lo que prueba que el mundo llamado "libre" está regido por una "inteligencia", tanto individual como colectiva minúscula, además de mezquina y necia, de gentes a las que importa sólo su vida y dejar riquezas a sus hijos, pero incapaces de hacer algo efi­caz y posible para evitarles el legado envenenado de un planeta in­vivible. El otro, esa bochornosa identificación del terrorismo, que hacen todos los dirigentes y periodistas de los países euro­peos, para expulsar el demonio de la frustra­ción, con un determi­nado país asiático. Como si todo el terrorismo se alojase en él…

 Veamos, por "agravio" comparativo, otros ejemplos. El genio inte­lectual Goethe que, ya canciller de la República de Weimar, tiene la ocurrencia de "preferir la injusticia al desorden" no se per­cata (o prefiere ignorar) de que no hay mayor desorden que el que provoca la injusticia, en este sentido es un necio. Napoleón, el ge­nio militar que no calcula los efectos del invierno extremo en Ru­sia en sus tropas en el caso de una eventual retirada, que se pro­duce, es un necio. Aquel ministro español que decidió alejar de la costa a un petrolero a punto de partirse en dos en lugar de decidir su acercamiento a buen puerto cercano (con unos efectos catastrófi­cos de incalculable proporción, económicos y medioam­bientales cuya amortización sigue todavía pendiente), es un necio. Y el empresario de hoy que toma una decisión de envergadura, si­multánea o no con otras, resolviendo un problema de inmediato pero ocasionando a corto o medio plazo la quiebra de la empresa y la de cientos, miles o quizá millones de personas, es un necio... Y así, podríamos señalar incontables casos de individuos que pasa­ron o pasan por notables que, en un momento dado, descu­bren la verdadera dimensión miserable de su personalidad, y con ello su escaso nivel de inteligencia real. Por todo ello, ¿hemos de definir la inteligencia como una especie de numen o alma situados quizá en una glándula (por ejemplo la pineal, como así lo consideraba Giordano Bruno) capaz de conseguir resultados prácticos e inmediatos, para sí o para uno o varios colectivos abstracción hecha de las consecuencias fatales, inmediatas o diferi­das, para la sociedad? Quizá sí para la mentalidad torbelli­nesca de la presente Era de la mentira y de la impaciencia pero no cuando los historiadores del futuro (si es que nos queda futuro) hagan una valoración en conjunto del pasado y de las capacidades turbias y bajo efecto de alucinógenos de distinta naturaleza, de indi­viduos que pasan por inteligentes solo porque tienen "capaci­dad para resolver problemas prestando atención simultánea a dos o más objetos".

 Eppur si muove: la atención simultánea de la que se presume hoy día a veces y la que se confunde con la inteligencia, afecta severa­mente a la concentración indispensable para resolver un problema y a los múltiples enfoques que requiere una res­puesta. Y lo más probable, si no seguro, es que la comprensión y asimilación de los múltiples objetos observados sean significa­tivamente deficientes; deficientes, respecto a la aten­ción prestada a cada asunto por sepa­rado en la que deben calcu­larse el máximo de los efectos que a más o menos largo plazo pueda producir una decisión. Pero esa clase de inteligencia, mez­cla de astucia, de determinación, de intuición y suerte solo queda ya para la guerra, no para sociedades que se supone quie­ren vivir en paz...

DdA, XII/3147

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