miércoles, 10 de junio de 2015

EL JUBILADO Y LA VIDA QUE TIENE POR DELANTE

Jaime Richart

Voy a hablar del jubilado hombre. De la jubilada mujer ya se ocupará una mujer. Pese al igualitarismo entre ambos sexos que la sociedad actual persigue tenazmente sigue habiendo diferen­cias entre ellos; sigue habiendo diferencias, por la for­tuna que hay en todo fuerte contraste.

Pues bien, la jubilación produce en el jubilado uno de estos dos efectos globales: el de una condena o un castigo, o el más normal de una bendición. En el primer caso es el principio antici­pado del fin de una vida. En el segundo es el inicio de una nueva vida, el comienzo de una segunda oportunidad. Hablaré aquí de este último, más habitual.
Partiendo de una salud normal o media del jubilado en el que pienso, necesitamos conocer tres datos que condicionarán la nueva situación vital: el montante económico de la pensión; la necesidad o no de allegar ayuda a hijos o a nietos; las expectativas o el nivel de exigencias materiales del pensionista.

Suponiendo que no se dé el caso de la ayuda que merma conside­rablemente las posibilidades de vida desahogada del jubilado cons­triñéndole a una austeridad forzada, en el resto de los casos y sea cual fuere la suma de la prestación, el jubilado normal se encuen­tra ante una súbita necesidad que no viene determinada por ninguna otra condición: aprovechar al máximo el tiempo para sí mismo, devorar la vida que le quede por de­lante.

Al principio y por varios años éste será el objetivo. Se reunirá con viejos amigos y/o buscará nuevas relaciones. Se acostará a altas horas de la noche y, dependiendo del carácter personal, hará a lo largo del día la obra o las cosas que antes no pudo hacer o disfru­tará simplemente del dejarse llevar por el día a día. Comerá la cantidad que siempre comió o más, dormirá menos o más pero no lo mismo que las horas que durmió; en condiciones normales las relaciones sexuales con su pareja, si la tiene, serán más frecuentes; añadirá ejercicio físico, camina­tas o paseos rutinarios; en general se mostrará exultante como si hubiera vuelto a nacer...

Pero luego, poco a poco, la naturaleza, el instinto y los mensa­jes que envía un organismo ya menos anestesiado por la pre­sión de las preocupaciones derivados de la actividad que prece­dió a la jubilación, empezarán a acusarse y a hacer a su vez un significa­tivo efecto. Paulatinamente y como consecuencia de una reduc­ción natural del estómago, comerá menos aunque no haya decaido el apetito;  las relaciones sexuales se irán haciendo más espacia­das, como lo serán también las reuniones con viejos amigos; no serán infrecuentes las rupturas o el enfria­miento de las viejas relacio­nes sociales y aun de las vie­jas amistades... Nuevas, inédi­tas sensaciones consecuencia de la oxidación del cuerpo, del endure­cimiento del alma, de una circulación sanguínea más dificul­tosa, de una digestión más lenta, de una micción más fre­cuente y de una pérdida progre­siva del asombro harán acto de presencia en la vida cotidiana y en el sueño.

Será difícil librarse de la medicación que amenaza vitalicia por causa de la hipertensión o del aumento de la glucosa en sangre o del insomnio. Pero si, después de luchar para evitarla, se ha li­brado uno de ella, el organismo será una sensible caja de resonan­cia que hasta ahora  apenas se había escuchado a causa de la eufo­ria o de trajines novedosos.

Entramos en la tercera fase: la intensa atención al cuerpo. Cual­quier cosa, incluida por supuesto la alimentación, reper­cute en el metabolismo y en el ánimo. Acecha la fatiga psicológica. La impre­sión que nos han causado hasta ayer los hechos, los aconteci­mientos y los entretenimientos habituales cede, en parte favorablemente porque nos libera de la tensión que provocan, y en parte porque se nos muestran reiterados, repetitivos, monótonos. Hemos de protegernos del tedio. La existencia que supone la plena consciencia de uno mismo a lo largo de los sesenta segun­dos de que se compone cada minuto,  será un hecho. Y, para resu­mir ese singular proceso vital y princi­palmente a partir de la fecha de la jubilación, ya es ilustra­tiva la alegoría del alpinista que, a medida que va su­biendo la montaña de la vida y alcanzando más altura, va viendo a sus congéneres cada vez más pequeños y sus comporta­mientos los que tienen lugar en una jungla o en un zoo; más insignificante se ve a sí mismo, menos importante lo que hizo en su vida anterior y más vulnerable e indefenso ante el vuelo de una mariposa que podrá dañarle e incluso matarle con sólo po­sarse en su corazón.

DdA, XII/3025

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