lunes, 4 de mayo de 2015

200.000 MILLONES DE MOSCAS TENDRÁN RAZÓN

 Hay grupos de presión invisibles, mastodónticos, aparentemente silenciosos, incrustados en el inconsciente colectivo de un pueblo y de los individuos que lo integran

Antonio Aramayona

Que si el PP gana aquí y allá. Que si el PSOE, Podemos, IU, Ciudadanos, ganan aquí o allá… Que si cambio u otra ración de lo mismo…
Imagina que estás en una habitación con otras ocho personas. Algunas son amigas o conocidas. Otras, no las conoces. Os ponéis a discutir sobre cuál ha sido el ser humano más decisivo en la historia de la humanidad. Cada una tiene su propia opinión, pero al final todas van coincidiendo en que fue el pintor flamenco Peter Paul Rubens. A ti te extraña mucho que Rubens haya obtenido finalmente la unanimidad de todos los contertulios. Por otro lado, sabes que tus conocimientos sobre arte y sobre historia y sobre casi todo son bastante someros, por lo que no te encuentras en condiciones de contrastar tu parecer con las afirmaciones de algunos, que parecen ser verdaderos expertos en la vida y la obra del artista, así como en su decisiva influencia sobre la humanidad. El hecho es que, finalmente, todos han ido reconociendo en tono muy laudatorio que Peter Paul Rubens es la persona más decisiva en la historia de la humanidad. ¿Cuál sería tu postura ante semejante hecho? ¿Te opondrías a la opinión unánime del resto? ¿Manifestarías abiertamente tu disconformidad? ¿Optarías por callar? ¿Empezarías a pensar que quizá, o seguramente, aquellas personas tienen razón? ¿Te encogerías de hombros y te pondrías a pensar en otra cosa?
Una situación similar fue objeto de un experimento realizado en 1951 por Solomon Asch (1907-1996) sobre la conformidad social o la presión de un grupo sobre las percepciones y actitudes del individuo. Asch situó a una persona entre un grupo de estudiantes, que actuaban como “cómplices”, y les mostró una serie de líneas de diversa longitud para que dijeran, por ejemplo, si una línea era más larga que otra o cuáles eran iguales entre sí o cuál de entre dos líneas (objetivamente iguales) era diferente respecto de una tercera. El papel de los cómplices consistía en dar todos respuestas incorrectas en algunos casos concretos. Lo que se pretendía experimentar es hasta qué punto los sucesivos individuos que eran sujetos, sin saberlo, del experimento resistían o se amoldaban a la presión que ejercía sobre ellos la opinión de la mayoría dentro de un grupo.
Pues bien, Asch comprobó que el 33% de los individuos sujetos a experimentación se había conformado con la opinión mayoritaria del grupo, si bien los resultados variaban según estuviesen presentes algunos factores. Por ejemplo, los resultados mostraban un grado alto de conformidad si el sujeto del experimento debía emitir su opinión no al principio, sino al final (por ejemplo, en penúltimo lugar); la conformidad decrecía si no había unanimidad entre los cómplices (el sujeto de experimentación podía entonces amparar su posible opinión discordante con la mayoría en que “no era el único que así opinaba”); si una persona realizaba las pruebas sin la presión de un grupo, daba las respuestas correctas sin problemas. Por otro lado, el 25% de los sujetos del experimento dio las respuestas correctas a pesar de que el grupo coincidía por unanimidad en alguna respuesta falsa, y el 75% se amoldó a la presión del grupo al menos una vez y una buena parte lo hizo en no pocas pruebas.
El experimento de Solomon Asch no es más que un reflejo y una confirmación de lo que ocurre a todas horas, día tras día, en la vida cotidiana: nuestras convicciones, creencias, actitudes, percepciones, juicios, reacciones, etc. están fuertemente condicionados por la presión que los demás ejercen sobre cada uno de nosotros. No es preciso para comprobarlo estar colocado en un pequeño recinto con unas cuantas personas para ser sujeto de un experimento de psicología social, pues estamos permanentemente sometidos al bombardeo de la publicidad, la propaganda, los medios de comunicación, las conversaciones con nuestros colegas o amigos, etc.
Es costoso y difícil resistir a la dictadura de un sujeto aparentemente inexistente, pero que tiende a acompañarnos allá por donde vamos: el sujeto impersonal “se” (“se” dice, “se” piensa, “se” prefiere, “se” lleva, “se” viste, “se” compra, “se” vota, se”…). Precisamente porque ese “se” es impersonal y anónimo, no es nadie en concreto y destaca por su discreción. Si nos adaptamos a sus recomendaciones, si nos acostumbramos a su compañía, el “se” alivia nuestra responsabilidad a la hora de pensar o actuar, incluso nos “impersonaliza”. El “se” puede llegar a ser uno de los factores más decisivos en nuestras vidas, conllevando además que nada ni nadie podrá pedirnos cuentas por lo que hacemos o dejamos de hacer, pues ese “se” nos exime de cualquier responsabilidad personal.
Hay quien –en caso de disentir de la opinión mayoritaria- puede llegar a pensar que es un “raro” y que algo va mal en su vida y en su percepción de las cosas para ser tan raro. Un sujeto del experimento de Asch, por ejemplo, podría concluir que tiene mal la vista y que en cuanto acabe la reunión tendrá que ir al oftalmólogo. Por lo mismo, si una persona no está de acuerdo en votar a X (sobre todo cuando la mayoría -y sobre todo buena parte de sus amistades y familiares- vota a X), puede quedarse rumiando en su interior si no estará equivocada. La inseguridad viene a menudo de la mano; de ahí también los sentimientos encontrados que en numerosas ocasiones tiene disentir para muchas personas.
Para paliar estas situaciones psicológicas conflictivas, de vez en cuando hacen su aparición individuos aparentemente cargados de toneladas de seguridad, aunque no aporten una sola prueba tangible y veraz al respecto. Como botones de muestra, basta pensar en los astrólogos, los predicadores de una moralidad que desemboca en premios celestiales y castigos infernales, o en las declaraciones que el 8 de febrero de 2007 hizo el ex presidente español, José María Aznar, en televisión: “Puede usted estar seguro y pueden estar seguras todas las personas que nos ven que les estoy diciendo la verdad: en Irak hay armas de destrucción masiva”.
Para compensar los estragos causados por personajes de la calaña de los antedichos, hay quien se limita a recordar lo que yo leía hace ya muchos años en la pared de una estación del Metro madrileño “200.000 millones de moscas no pueden equivocarse: comamos mierda”. En otras palabras, en una determinada época el grupo hubiese votado mayoritariamente por que la Tierra es plana o que la vida surge por generación espontánea. No obstante, suele cumplirse lo que Tolstoi dejó escrito: “no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan”.
“¿Has visto tal película? ¿Qué te ha parecido?”, te preguntan, y la “opinión pública” que llevas dentro puede condicionar mucho tu opinión y/o tu respuesta. Una obra de arte es altamente valorada si los “expertos” la declaran valiosa y los coleccionistas están dispuestos a pagar por ella una gran suma de dinero. Es posible que tengan razón y muestres respeto por quienes son una “autoridad” en una determinada materia, es posible que no seas un especialista en arte, pero también es posible que omitas manifestar un juicio disonante para no “parecer” ni “aparecer” como un ignorante o un paleto. Y algo similar puede ocurrir con la valoración de ciertos hechos, como un atentado terrorista, una “guerra preventiva”, un partido político, el cambio climático o la posesión de armamento nuclear. Indirectamente, uno se adscribe a un grupo, una generación, una cultura e incluso una forma de pensar según como se viste, se peina y se sale a la calle. Hay grupos de presión que no se identifican con unos rostros y unas señas de identidad personal. Hay grupos de presión invisibles, mastodónticos, aparentemente silenciosos, incrustados en el inconsciente colectivo de un pueblo y de los individuos que lo integran.
Hay personas dispuestas a morir por una idea o por su respectivo dios, pues creen que no hay nada más importante en el mundo que esa idea o ese dios. En la mayor parte de los casos, nacieron en el seno de una familia que les inculcó unas ideas o unos dioses. Seguramente, si hubieran nacido en otro rincón del planeta, sus ideas y convicciones serían muy distintas, pero quizá influirían también con fuerza sobre sus mentes. Vamos a un supermercado y elegimos una determinada marca de detergente en polvo o una marca concreta de pasta dentífrica. En nuestro cerebro bullen quedamente miles de microelementos educacionales, publicitarios, económicos y culturales que nos mueven a tal elección. Finalmente, coincidimos seguramente con los gustos, las opciones, las filias, las fobias y las decisiones de la mayoría de compradores de detergente en polvo o pasta dentífrica.
Como hemos visto antes, la necesidad de conformidad con el grupo aumenta si actuamos entre iguales, conocidos o amigos, con los que tendemos a pensar y comportarnos de forma similar. De lo contrario, nos veríamos obligados, consciente o inconscientemente, a buscar otros compañeros o amigos. No es casual, pues, que busquemos relacionarnos con quienes tienen ideas, creencias, gustos y sensibilidades parecidas a las nuestras, así como adscribirnos y pertenecer a esos grupos. Incluso hay quien sufre una especie de delirio autoalienante respecto de alguien a quien se admira mucho o se tiene en mucho valor. Si tengo algún “ídolo” cercano al mundo punk, me vestiré, me peinaré, pensaré, me comportaré y… compraré música punk.
Que si el PP gana aquí y allá. Que si el PSOE, Podemos, IU, Ciudadanos, ganan aquí o allá… Que si cambio u otra ración de lo mismo…
(Diré finalmente que, aunque haya disentido de lo que mis otros nueve contertulios afirmaban sobre la longitud de las líneas que nos mostraba el experimentador, antes ya estaba indeciso, pero ahora ya no estoy tan seguro de que mi decisión haya sido acertada).

DdA, XII/2994

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