viernes, 17 de abril de 2015

A GALEANO Y LAS ÚNICAS PALABRAS QUE MERECEN EXISTIR

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Foto: AFP/MIGUEL ROJO

Estela Giraldo

He necesitado unos días para poder escribirte. No quería hacerme a la idea de que esa llamada se produciría, aunque la ausencia de noticias tuyas me hacía pensar que no tardaría en llegar. Pero no quería asimilarlo. Tú no podías irte. Tú no. Fue hace algo más de dos años cuando me contaste que había vuelto "el dragón de la maldad", vulgarmente llamado cáncer, y que comenzabas de nuevo la guerra, la maldita guerra.
"Hay fuegos que arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear; y quien se acerca, se enciende", decías. Eso es precisamente lo que me ocurrió al conocerte. Recuerdo perfectamente aquel día en que la vida nos encontró. Fue un memorable 23 de abril, el día del libro, hace ya siete años. Paseaba por las calles de Barcelona cuando la casualidad o el destino o quién sabe qué nos hizo coincidir. Charlamos apenas unos minutos, los suficientes como para atreverme a decirte -fruto de la inocencia de una veinteañera que tiene frente a ella a su admirado escritor- que me iba a vivir a Buenos Aires. Y tú... tú, sin ningún tipo de convencionalismo, me anotaste una dirección en un papelito y me dijiste: "escribíme acá y cuando llegués, venís a verme".
El café Bacacay de Montevideo, uno de tus imprescindibles junto al Brasileiro, fue el punto de encuentro. Ese día pasó a ser uno de los más hermosos. Las horas parecían quedar reducidas a minutos y el mundo, mi mundo, quedó detenido por un ratito. Recuerdo también que en una servilleta me dibujaste el Uruguay y pintaste los lugares que no podía dejar de visitar. Así lo hice. Aunque culpa de mi despiste perdí aquella servilleta. Quizá aún sigue vagando por alguna calle y sirvió de guía a alguien que paseaba por allí.
A partir de entonces intercambiamos mails. Nunca te gustaron los celulares, de hecho eras de las pocas personas que vivía sin uno de ellos. Cada vez que venías a Madrid o yo viajaba allá, por muy apretada que fuese tu agenda, sacabas un huequito para verme. Y eso me hacía sentir la persona más afortunada. Me regalaste algo tan bello como tu amistad. Yo te contaba mis alocadas historias, y tú compartías conmigo tu inabarcable sabiduría. Intentaba retener cada una de tus palabras en mi cabeza, grabarlas con tinta permanente para que nunca se fueran. Eran luz.
Siempre te acompañaba alguna de tus libretas, tus chiquitas y minúsculas libretas. En ellas anotabas cada una de las ideas que te visitaban (para que no se escaparan, bromeabas). Conservo todas las que me regalaste. Me dijiste que las llenara de mis pensamientos más profundos. Los tuyos dieron forma a más de una decena de libros que ahora nos hacen sentir menos solos. Fuiste el maestro del microrrelato, de la poética de lo humano. Textos breves, pequeños, concienzudamente elegidos y estrictamente pulidos, que contarían las grandes historias. Enemigo de la inflación literaria, insistías en que las únicas palabras que merecían existir eran las que fuesen mejor que el silencio.
Admiraba enormemente tu humildad -propia de las buenas personas- y esa capacidad tuya de querer, lo hacías a corazón abierto. Tierno, cariñoso y profundamente generoso. "La vida es darse. Darse, no hay alegría más grande", repetías. Cuánta razón. Amabas a Helena con tanta entrega que escucharte hablar de ella me hacía creer en las pasiones humanas como el mejor estandarte de supervivencia. Ella era tu fiel compañera, editora de tus relatos, con quien los corregías hasta rozar la perfección más exquisita. Lo mejor era cuando los leías en alto, con tu voz profunda, cautivante, inconfundible. Nos hacías viajar y alcanzar el jamás proclamado derecho de soñar.
Eduardo, querido Eduardo, quiero contarte que el mundo entero ha llorado tu muerte. Huérfanos de quien tantas conciencias despertó. La voz del compromiso, de los de abajo, de los exiliados, de América Latina y de los que en ella como tú creyeron. Al menos nos queda el consuelo de que tu memoria está conquistando otro lugar. "Muchas veces me pregunto cuán triste ha de ser morir y no ver el atardecer: cuando el sol se va y se echa a dormir en esa hamaca que es el horizonte, en la hora más bella del día", confesaste una vez. Te imagino ahora contemplando uno de ellos, volando alto. Cumpliré la promesa que te hice. Eternamente agradecida por haberme dejado crecer a tu lado. Hasta siempre maestro, mi maestro. Hoy el mundo es un poco peor.

El Huffington Post / DdA, XII/2978

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