viernes, 27 de marzo de 2015

LA EUTANASIA ACTIVA

Jaime Richart

Jamás olvidaré aquella escena inovidable del film "Soylent green" cuya acción se sitúa en 2022, en la que el coprotago­nista, Edward G. Robinson (el principal es Charlton Heston), sin más razones que su soberana voluntad, acude a un Centro, pasa por recepción, desde allí le conducen a una estancia y se tumba en una camilla frente a una enorme pantalla. Y así, presen­ciando unas maravillosas escenas bucólicas al compás del tercer movimiento de la Sinfonía n. 6, Pastoral, de Beet­hoven, acaba plácidamente sus días...

  Eutanasia significa, como sabe todo el mundo: buena, bella, óp­tima muerte. ¿Es mucho pedir, que ya que no se nos consultó si deseábamos venir a esta vida, se nos permita y se nos ayude a morir sin sufrimientos?

  Las encuestas reflejan que más de un 70% de los españoles aceptan la eutanasia activa voluntaria, los holandeses el 80%. Pero en España los políticos, todos de edades intermedias, por razones electorales, porque ven la muerte le­jos y porque a esas edades uno cree que va a vivir toda la vida, care­cen de la concien­cia necesaria para afrontar con inteligencia la euta­nasia activa como opción no sólo para morir sin dolor sino pre­cisa­mente por eso, para hacernos más grata la vida.

  Si los parlamentos estu­vieran en manos de septuagena­rios y octogenarios o en la institución hubiera un número significativo de ellos, tengan ustedes por seguro que la eutana­sia activa es­taría regulada al día siguiente de constituirse el parlamento. Ya se las arreglarían todos para razonar persuasi­vamente sobre el asunto e implantarla. La lógica y la elocuencia están para eso, para defender tanto una cosa como la contraria cuando la deci­sión no afecta a la médula de un asunto capital. Y la médula en la que el mundo entero civilizado está de acuerdo reside en afirmar sin reservas la dignidad de la persona y en rechazar que se quite la vida a quien desea conservarla. Pues bien, añadamos a la médula el derecho a morir sin sufrimiento. Incluso los políti­cos católicos acérrimos sabrán ceder, pues saben bien que esa obstinada oposición a la eutanasia activa no pertenece al espíritu evangélico ni responde a la defensa de un valor universal­mente reconocido, sino a una postura doc­trinaria cam­biante por definición según las épocas. Por eso, por ser cam­biante, hubo tiempos en que el sacerdote se casaba y otros en los que el infierno no tenía nada que ver con lo que es hoy para la teología católica...

 Pero sabemos por la historia que tarde o temprano la razón siempre acaba imponiéndose a la obstinación, a la obcecación y al sinsentido. Forzar a una per­sona al sufri­miento pudiendo evitárselo es propio de un primitivisimo im­puesto por leyes cavernarias. Lo malo es que los provectos de hoy no podremos asistir a nuestra propia redención a través de leyes permisivas de esta clase, y habremos de afrontar quizá un final estremece­dor sobre todo si en el transcurso de él nos tocan asistentes de la estirpe de los necios.

  En torno a la existencia hay muchas filosofías, recetas y recur­sos para hacerla más llevadera. Pero en torno a la muerte sólo hay dos opciones: o dejamos a la naturaleza que cumpla su fun­ción, como la cumple en todo lo orgánico y en lo inorgánico, o la co­rregimos racional­mente con inteligencia como ha hecho el ser humano hasta ahora y hasta donde ha podido en multitud de co­sas. Lo que no es con­gruente con una inteligen­cia superior es co­rregir a la Naturaleza con cirugías ca­prichosas y estéticas, banali­zando con ello la existencia y ponién­dola en peligro, y no corregir a la naturaleza en cambio para suprimir el dolor y la agonía. Es, pues, en el trance de la muerte cuando reclama­mos la absoluta inteligencia para remediar el sufri­miento innece­sario. Ya es hora de que se imponga la razón y se incorpore a la socie­dad el derecho a la eutanasia activa para tomar contacto con el espíritu de Europa, pues del Consejo de Europa es esta es­trofa:

“Se muere mal

cuando la muerte no es aceptada,
se muere mal
cuando los que cuidan
no están formados
en el manejo de las reacciones emocionales
que emergen de la comunicación con los pacientes,
se muere mal
cuando la muerte
se deja a lo irracional,
al miedo, a la soledad,
en una sociedad,
donde no se sabe morir.”

                                               DdA, XII/2960                                             

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