viernes, 27 de marzo de 2015

EL CEMENTERIO DEL VIEJO RÉGIMEN DEL 78

 Los muertos de la política no se resignan a hacer mutis y suelen contar con aduladores necrófilos que les bailan el agua y les cambian el formol como a Lenin para seguir cobrando entrada

Juan Carlos Escudier

Llevaba algún tiempo oliendo a cadáver político y existía cierta confusión acerca de la procedencia de las emanaciones. Cuando se empezó a percibir el efluvio muchos se volvieron hacia el nuevo líder del PSOE, Pedro Sánchez, que si no muerto sí que estaba muy dormido, y del que se habían empezado incluso a escribir epitafios anticipando su asesinato en el comité central a manos de un panda de Brutos nada florentinos. Los de la partida eran inconfundibles porque a las tres frases soltaban sin venir a cuento aquello de “Susana es un cañón”, dando pistas inequívocas sobre el arma que pensaban utilizar en el crimen.
Viendo acercarse a la de la guadaña, el candidato a fiambre se llevó por delante a la dirección del partido en Madrid y ganó en los penaltis el debate del Estado de la Nación a Rajoy. Sin que pueda decirse que se ha salvado, su esperanza de vida ha mejorado notablemente y hasta es muy posible que pueda usar como desodorante el cañonazo de Susana Díaz en Andalucía si en los comicios de mayo no acaba sudando la gota gorda.
Lejos de disiparse, el hedor ha aumentado tras las elecciones de este domingo. Todo el mundo ha apuntado hacia UPyD, donde Rosa Díez parece dispuesta a pasearse por España como si fuera Felipe el Hermoso a hombros de ese séquito de Juana la Loca en el que quiere convertir a su partido. Corría el rumor de que Díaz había decidido someterse a la incineración, que en lo que a olores se refiere es mano de santo, pero todo fue una falsa alarma. Muerta en vida, Díez sigue adelante como un zombi y hasta se ha atrevido a citar a Churchill: “El éxito no es definitivo; el fracaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar”.
Díez podría haber elegido otras frases del británico, desde aquella que definía al fanático como “alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema” a la que explicaba que “la política es más peligrosa que la guerra, porque en la guerra sólo se muere una vez”. Si alguna cosa no se puede pedir a un muerto es que sea objetivo con las citas. Ni que dé un paso atrás para evitar que el partido que ha vestido de rosa sus camisetas, las pegatinas, los carteles, su publicidad, los faldones de sus oradores y hasta los jerseys de sus candidatos y, posiblemente, su ropa interior le acompañe al otro barrio. ¿Acaso el emperador Qin Shihuang no se hizo enterrar con un ejército? ¿Protestan Toni Cantó y los rebeldes del comité de dirección que han dimitido porque no acaban de imaginarse a sí mismos inmóviles y silenciosos como figuras de terracota?
El vaho de la muerte que llega de Andalucía es denso como el almizcle. Se respira en UPyD y también en IU, donde se estaba fraguando un suicidio colectivo antes de experimentar al sur de Despeñaperros lo infiel que puede resultar el electorado. Con el mal de amores alguna izquierda es muy temperamental, mucho más que su líderes. Cayo Lara, por ejemplo, lleva varios meses frío como un témpano sin entender que su impasibilidad frente a lo que acontece y su incapacidad para tomar decisiones es una manifestación más de la parca. Desde que se quedó sin sangre en las venas, Lara es una momia andante con camisas de cuello Mao, que en lo de no llevar corbata sí que es pionero. Cuando acepte como inevitable el tránsito hacia Argamasilla y que sea otro quien escriba la historia de IU puede que lo de pasar página se torne imposible por falta de apuntador.
Los muertos de la política son tipos testarudos e irreductibles. No se resignan a hacer mutis y suelen contar con aduladores necrófilos que les bailan el agua y les cambian el formol como a Lenin para seguir cobrando entrada. En el PP, donde lo de cobrar es un mandamiento esculpido en las tablas de la ley, muchos se temen ya que el señor con barba al que han atado al caballo no es el Cid ni ganará más batallas.
Rajoy cabalga hacia el desastre pero habrá que esperar al mes de mayo para que se aprecie que su inmovilidad no es producto de la siesta. Ya sea tarde para cambiar de jinete. Al presidente, siendo generosos, hay que suponerle fenecido desde hace tiempo porque para estar al frente de la cueva de Alí Babá sin inmutarse hay que estar muerto o ser un tío muy vivo, que también es una posibilidad.

                                       Público/ DdA, XII/2960                                     

1 comentario:

JULIA dijo...

Yo no sé qué hace Escudier en Público como subdire, pero está claro que la frecuencia con la que ahora y no antes escribe sus artículos es uno de los valores más destacables de un periódico que, por lo demás, creo abusa de cierto sensacionalismo manifiesto favor hacia el podismo. Besos de Julio

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